En la muerte de Ernst Gombrich

Publicado en La Ilustración Liberal, nº 10, diciembre 2001.

El pasado 5 de noviembre murió en Londres Ernst Gombrich, una de las personalidades intelectuales más destacadas del siglo XX. Tenía 92 años años, había nacido en Viena y residía en la capital inglesa desde 1936. Un periódico inglés dijo de él que era el historiador del Arte más famoso del mundo y, en efecto, ningún otro nombre le puede disputar ese título. Su conocimiento por el gran público se debe a un libro de divulgación, su Historia del Arte, un proyecto concebido en Viena, pero terminado en Londres tras acabar la guerra. The Story of Art, que es su título original, hace referencia a una narración contrapuesta a las connotaciones trascendentales del término historia. Tuvo un gran éxito inmediato y prolongado, habiendo sido traducida a 23 idiomas.

Ernst Hans Joseph Gombrich había nacido el 30 de marzo de 1909 en una familia acomodada y culta, de origen judío, pero asimilada. Su padre era abogado y su madre pianista. Esta, intérprete y profesora, había sido alumna de Bruchner, escuchado a Brahms y tratado a Schoenberg en el conservatorio. Así pues, desde la infancia, su hijo se familiarizó con la música. Aprendió a tocar el violencelo, aunque no perseveró, pero utilizó siempre sus conocimientos musicales como contraste para reflexionar sobre la validez general de las teorías artísticas.

Como comentó en varias ocasiones, nació a punto para conocer el último lustro del imperio. Recordaba el cortejo del emperador Francisco José antes y después de su asesinato. Los años de la primera guerra mundial y los posteriores de la república fueron los de su formación, años de auge del socialismo y del antisemitismo, de revueltas, de inflación y de escaseces. La Viena intelectualmente en ebullición de aquellos años es ya un tópico. Él protestaba porque la ciudad que había conocido poco tenía que ver con las evocaciones que se hicieron muchos años después. Pero con ello no negaba la existencia de una vida intelectual de gran vigor.

Gombrich estudió historia del arte en la cátedra de Julius von Schlosser, un erudito, autor de La Literatura artística, obra pionera y todavía vigente. Entre sus compañeros, eran una veintena, siempre recordó a Otto Kurtz. Schlosser, y a través de él también Gombrich, se sentía heredero de la escuela vienesa de historia del arte, fundada una generación antes, que propugnaba la racionalidad en la explicaciones y creía que los documentos eran imprescindibles. Era un sabio, un especialista en Vasari que, además, inducía a sus alumnos en los seminarios a trabajar sobre los objetos del museo de la ciudad. Gombrich hizo su tesis doctoral en 1933 sobre la arquitectura y la decoración del palacio del Té de Giulio Romano en Mantua, contagiado por el interés surgido en aquellos años por el manierismo.

Para ganarse la vida una vez licenciado, aceptó un trabajo que tuvo luego más trascendencia de la que podía sospechar entonces. Se trataba de traducir del inglés una historia del mundo para niños. Le pareció tan malo el original que decidió intentarlo por su cuenta. Escrito en un tiempo record, el libro tuvo buena acogida (fue traducido recientemente al español por la editorial Península). Es el germen de su Historia del Arte, concebida por el editor dentro de la misma serie dirigida a un público infantil. Abandonada la idea original, ya que pensaba que el arte no era un asunto para niños, se convirtió quince años después en la conocida obra mencionada.

Gombrich se trasladó a Londres en 1936 para ocupar una modesta plaza de ayudante de investigador en el Instituto Warburg. La tarea que se le enconmendó fue la de poner orden en los papeles del fundador. Fruto tardío de este trabajo inicial sería la biografía intelectual de Aby Warburg. Su trabajo en el instituto se vio interrumpido por la guerra. Entre el 39 y el 45 trabajó como escucha y traductor para la BBC y los servicios de inteligencia. Se dice que fue el primero en interceptar la noticia de la muerte de Hitler. La dedicación de estos años le sirvió para familiarizarse con el inglés, lengua en la que redactó lo fundamental de su obra. Acabada la guerra, se reincorporó al Warburg, del que llegó a ser director en 1959, cargo que ocupó hasta 1976.

Los años inmediatos a la guerra los dedicó a redactar su Historia del Arte. El éxito de la obra le procuró la posibilidad de dar clases en Oxford, más tarde en la universidad de Londres y en Cambridge. También impartió diversos cursos en universidades de los Estados Unidos. Jubilado en 1976, su salud le permitió proseguir con su trabajo intelectual hasta la víspera de su muerte.

Gran parte de los temas que interesaron a Gombrich durante la mayor parte de su vida proceden de la cuestiones intelectuales que eran objeto de debate en la Viena de su juventud. Así, su dedicación a la psicología, en la estela de Karl Bühler. En parte relacionado con estos temas, está el interés por la obra de Freud. Gombrich se familiarizó con ella a través de las referencias de familiares y alguno de sus discípulos. Uno de estos, Ernst Kris, cuyos intereses artísticos doblaba con los de analista, tuvo una gran influencia en sus destino profesional, ya que por su mediación entró en el Instituto Warburg de Londres. Gombrich ayudó a Kris en un trabajo sobre la caricatura que no se llegó a publicar. Nunca fue freudiano. Del fundador del psicoanálisis le interesaron sobre todo algunos atisbos e intuiciones, en especial en relación con el chiste y los lapsus, pero fue un buen conocedor de su obra, a cuya figura y su relación con el arte dedicó diversos ensayos. También reconoció en alguna ocasión el interés que despertaron en él los trabajos sobre el comportamiento animal, y la personalidad de Konrad Lorenz. Conocedor de sus estudios, los tuvo en cuenta en sus trabajos relacionados con la psicología de la percepción.

Pero mayor trascendencia tuvo para la definición de sus posiciones intelectuales la influencia y la amistad con Karl Popper. Había coincidido con él tras una velada musical en Viena, por un amigo, pianista, común. Lo visitó durante unas vacaciones en Londres en 1936 y Hayek –también vienés, diez años mayor que Gombrich y residente en la capital inglesa desde 1931– le invitó a pronunciar en su seminario de la London School of Economics una conferencia acerca del tema que luego Popper abordaría en una de sus obras más conocidas: La miseria del historicismo. Se volvieron a ver antes de su partida para Nueva Zelanda. En 1944, Popper le envió el manuscrito de La Sociedad Abierta y sus enemigos para que se lo hiciera llegar a Hayek si lo creía de interés.

Gombrich siempre que tuvo oportunidad reconoció su deuda filosófica con Popper. En gran parte de sus ensayos trata de aplicar al campo de problemas que se plantean en la historia del arte las categorías definidas por Popper tanto en el terreno de la teoría de la ciencia como en el del antihistoricismo. Una de sus preocupaciones constantes, plasmada en las innumerables reseñas de libros, fue combatir o poner de manifiesto los puntos débiles de las muchas teorías que en torno al arte se han elaborado en la segunda mitad del siglo XX. Uno de sus ensayos más importantes, La lógica de la feria de las vanidades (1974), es un homenaje a Popper.

Gombrich tuvo talento de escritor, movido siempre por el afán de exponer las ideas con claridad, su estilo es amable, ingenioso y con frecuencia irónico. No abundan las afirmaciones dogmáticas, excepto en la defensa de los valores de la cultura occidental. La mayor parte de sus escritos fueron originalmente conferencias o lecciones, cuya forma conservó al editarlas. Gran parte de sus reflexiones se apoyan en el estudio crítico de la obra de otros autores, recordando aquello de que la mejor manera de apreciar las ideas de otro es tomárselas en serio. Casi siempre tiene alguna palabra de elogio para el autor cuyos puntos flacos se dispone o acaba de poner en duda. Incluso para Malraux, que en su retórica aproximación al arte le parece que reúne muchas de las ideas más nefastas generadas en la primera mitad del siglo XX sobre el asunto.

Desde el punto de vista de la historia de las ideas, la aportación de Gombrich ha sido decisiva para criticar todo lo que de negativo ha tenido la larga, casi aplastante, sombra de Hegel en el campo de la historia del arte y de la reflexión estética. Como él mismo resumió cuando recibió el premio Hegel de la ciudad de Sttutgart en 1977, “no son molinos de viento lo que ataco, sino auténticos gigantes. Ya mencioné a cinco de estos gigantes por su extraño nombre. Son el trascendentalismo estético, el colectivismo y el determinismo histórico, el optimismo metafísico y el relativismo”. El trascendentalismo estético concibe la obra de arte como revelación de una verdad profunda, como expresión del espíritu de una época, ya sea de la filosofía o de las condiciones económicas. El vínculo es la noción de “expresión”, a cuya crítica dedicó Gombrich mucha energía. “La obra de arte individual se estudia en términos de estilo, que luego se debe interpretar como síntoma, manifestación de clase, raza, cultura o época”.

La suya fue siempre una apuesta por el individualismo, la que se lee en las primeras líneas de la Historia del Arte: “No existe realmente el Arte. Tan sólo hay artistas”. Es una afirmación de gran trascendencia, apoya al individuo frente a las innumerables teorías y generalizaciones que se empeñan en ver las obras como emanaciones de fuerzas ocultas o espíritus colectivos. Se lo había oído a su maestro Julius von Schlosser y a tratar de demostrarlo dedicó el mayor de los empeños intelectuales. En una ocasión, preguntado por su método, Gombrich respondió: “No lo necesito. Sólo quiero sentido común. Es mi único método”. Gombrich se consideró un transmisor y continuador del estudio de las humanidades, fue un guardián de las tradiciones humanistas de la civilización occidental, amenazadas por el relativismo y el optimismo. Las obras de arte eran para él algo menos de lo que pretende el trascendentalismo, pero no por ello perdían ni un ápice de su importancia cuando alcanzaban a ser excelentes y admirables.

Las circunstancias vividas durante su infancia y juventud, la república de Viena y la llegada del nacional socialismo, lo vacunaron para el resto de su vida. Junto con Popper, Hayek y Mises forma el póquer de ases vieneses de la libertad en el siglo XX. En buena parte gracias a ellos, las expectativas del individualismo se han reformulado, han sido refutadas en la teoría y en la práctica las falacias del colectivismo progresista y nacionalista, se ha trazado un horizonte de ideales plausibles, que es preciso tener siempre presentes para combatir los gérmenes de totalitarismo que amenazan la frágil e imprescindible libertad.

Bibliografía

Su dedicación más teórica y sistemática a la psicología en relación con la pintura y las artes visuales se recoge en dos libros: Arte e ilusión (1959, fecha de publicación del original) y El sentido de Orden (1979). Sobre los temas tratados en el primero volverá en diversas ocasiones con una serie de trabajos reunidos en La imagen y el ojo (1982). Meditaciones sobre un caballo de juguete (1962) fue su tercer libro. En él recogió algunas conferencias, entre ellas el trabajo germinal que da título al volumen, y varias reseñas, entre ellas dos muy importantes sobre Las voces del silencio de Malraux y La Historia social de la literatura y el arte de Hauser.

El arte del Renacimiento fue un tema de estudio constante para Gombrich que desarrolló en el Warburg y en sus cursos universitarios. Su trabajo en este terreno está recogido en cuatro libros: Norma y forma (1966), Imágenes simbólicas (1972), El legado de Apeles (1976) y Nuevas visiones de viejos maestros (1986). Sus numerosas reseñas y conferencias en las que se ocupó, entre otros temas, de los enfoques y valores en la historia del arte y de la cultura fueron recogidos inicialmente en Ideales e ídolos (1979). En Tributos (1984) reunió estudios y conferencias sobre diversos autores influyentes en la historia del arte y de las ideas. Temas de nuestro tiempo (1991) agrupa sus trabajos más relacionados con temas contemporáneos. Reflections on the History of Art (1987) es una recopilación de sus reseñas. En sus últimas entrevistas anunciaba la próxima publicación de un libro sobre un tema en el que había trabajado durante toda su vida: The Preference for the Primitive.

Gombrich ha tenido buena fortuna en español. La versión española de Rafael Santos Torroella de la Historia del Arte apareció en la editorial Argos de Barcelona en 1951, un año después que el original. Ha sido reeditado luego por diversas editoriales: Garriga, Alianza, Debate. Su segundo libro, Meditaciones sobre un caballo de juguete fue traducido por José María Valverde y publicado en Seix Barral. En 1977 se tradujo en la editorial Ariel Tras la Historia de la Cultura, donde se recogen algunos de sus ensayos más importantes y que luego serían reunidos en Ideales e Ídolos, publicado por la editorial Gustavo Gili, que también editó Arte e Ilusión y El sentido del orden entre 1979 y 1981. En Alianza Forma se publicaron en los ochenta media docena de sus libros, entre ellos los estudios dedicados al arte del Renacimiento. En 1991, el Fondo de Cultura tradujo Tributos, con lo que quedaba editado en español la práctica totalidad de su obra. La editorial Debate está reeditando, al parecer, la mayor parte de sus obras, a las que hay que añadir una antología, Gombrich esencial realizada por Richard Woodfield, su editor en otras ocasiones.

En un libro de entrevistas con Didier Eribon, Gombrich recorre los acontecimientos de su vida, habla de las personas con las que se relacionó y de los temas de reflexión que le preocuparon. Fue publicado en español por Debate con un extraño título, parecido al que tuvo en francés, Lo que nos cuentan las imágenes. Un profesor de la Universidad de Navarra, Joaquín Lorda publicó en 1991 un trabajo muy notable (Gombrich, una teoría del arte, Eiunsa), impecable desde el punto de vista académico, en el que trata de ordenar las ideas fundamentales dispersas en los abundantes ensayos de Gombrich.

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