Araquistáin 2. Periodista y político

El tiempo ha rebajado el relieve de la figura de Luis Araquistáin. Su personaje se define por su actividad en tres campos: el periodismo, la literatura y la política, con perfiles menos acusados que los de algunos de sus coetáneos más destacados: Azaña, Negrín, Ortega o Madariaga. La política marcó su destino. Profesionalmente estuvo dedicado a ella menos de diez años, sin que llegara a alcanzar un papel de primer orden, pero el resto de su vida quedó lastrado por su actuación durante esos años.

De familia vasca, con la que se educó, nació en 1886 en un pueblo de Cantabria porque su padre trabajaba para el puerto de Santander. En 1904 obtuvo el título de piloto en la Escuela Náutica de Bilbao. Residió en Argentina hasta 1908, cuando se instaló en Madrid, aunque durante varios años hizo frecuentes viajes al extranjero, especialmente a Londres. Como periodista, publicó en El Mundo, La Mañana, El Liberal, El Sol. Entre 1916 y 1922 alcanzó un primer momento estelar al frente de la revista España, que convierte en órgano del regeneracionismo más crítico con la Restauración. La revista toma partido por la causa de los aliados en la guerra y su posición en esos años está próxima al socialismo fabiano.

Según Madariaga, la madurez de Araquistáin consistió en hacerse más socialista, más militante y más agresivo. Tras una década entregado a la creación literaria, en su biografía se abre una nueva etapa en vísperas de la II República, que se cierra con la marcha al exilio. Aunque hasta entonces su papel como militante no había sido muy destacado, se había afiliado al PSOE en 1911, junto a, entre otros, Julián Besteiro, en la primera hornada de intelectuales que se incorpora al partido obrero. En 1921 había entrado como concejal en el Ayuntamiento de Madrid, pero dimitió al poco tiempo en desacuerdo con la postura adoptada sobre la Tercera Internacional. Alejado de la política, durante la década de los veinte escribe novelas, ensayos y obras de teatro.

En sus artículos periodísticos alcanzó fama de temible polemista, pero la elocuencia no era su fuerte. Su aportación como diputado en la constituyentes consiste en la poco feliz formulación del primer párrafo del Artículo 1: “España es una República democrática de trabajadores de toda clase”. Entre los cargos que desempeñó, fue subsecretario en el ministerio de Trabajo con Largo Caballero, embajador en Berlín y más tarde, ya en la guerra, en París.

Cuando se acerca a la cincuentena, vive en un barrio burgués de Madrid, al lado del Prado, es padre de dos hijos adolescentes, es un autor conocido que publica mucho y dirige una editorial de cierto éxito, se convierte en revolucionario fanático. Fue el principal ideólogo de la facción bolchevique del PSOE al frente de la revista Leviatán, el órgano del largocaballerismo, entre 1934 y 1936, y también como director del semanario Claridad. Desde estas publicaciones, propugna la revolución socialista como único procedimiento para cerrar el paso a un pretendido ascenso del fascismo en España. Aunque no hay una respuesta razonable que explique cómo llegó a radicalizarse tanto y tan repentinamente, esos dos años son la parcela mejor conocida de su obra, pues, entre otros estudios, le ha sido dedicado un libro de 455 páginas (Marta Bizcarrondo, Araquistáin y la crisis socialista en la II República. Leviatán 1934-1936. Siglo XXI, 1975).

De su agresividad como periodista, es buena muestra la acusación que le lanzan los socialistas de Política en junio del 36: “Durante veinte años la pluma de Araquistáin, manejada como estaca, estilete y trabuco, ha sembrado el terror en el periodismo español.”

Su posición en el partido socialista viene delimitada por tres personajes, de los que estuvo muy próximo. El primero de ellos, Francisco Largo Caballero, el burócrata sindical que sucede a Pablo Iglesias al frente de la UGT, líder del sector izquierdista del PSOE e impulsor de la rebelión de 1934. Araquistáin fue el asesor intelectual del Lenin español, su ninfa Egeria (Rivas Cherif). Otro personaje muy cercano a él hasta que se enemistaron durante la guerra es Julio Álvarez del Vayo, casado con una hermana de su mujer, vecino del mismo edificio de la calle Espalter de Madrid, como él periodista, políglota, socialista y asesor de Largo Caballero. Se dice que Vayo llegó a ministro de estado en lugar de Araquistáin porque a su optimismo casi patológico unía una escasa inteligencia, rallana en la estupidez, aunque más decisiva fue su supeditación incondicional a los designios de la Unión Soviética. El tercero es Juan Negrín, el profesor de Fisiología en la facultad de Medicina de Madrid que llegó a presidente de la república. Araquistáin, que lo había llevado al Partido Socialista, permaneció fiel a Largo Caballero cuando Negrín alcanzó la presidencia con el aval de Stalin. El antiguo amigo se convirtió en la bestia negra, principal responsable de la tragedia española, como repitió incansablemente hasta el final de sus días.

Los últimos años de Araquistáin transcurrieron en Londres y en Ginebra. En la capital inglesa trabajó durante la guerra mundial como periodista para los servicios de información británicos, más tarde pasó una temporada de apuros en los que intentó sin excesivo éxito diversos modos de ganarse la vida. Finalmente, a comienzos de los cincuenta, poco antes de establecerse junto a su hijo en Ginebra, recuperó la plena dedicación al periodismo y dio conferencias en empresas fundadas por antiguos dirigentes del POUM: la agencia ALA, fundada y dirigida por Joaquín Maurín en Nueva York, y el Congreso para la Libertad de la Cultura, a cuyo frente se hallaba Julián Gorkín, que publicó los Cuadernos del mismo nombre, de los que fue nombrado director poco antes de morir. Esta institución ha sido estudiada recientemente en un libro de Frances Stonor Saunders (La CIA y la guerra fría cultural, debate, 2001), pero, al margen de su peregrino enfoque, dedica muy pocas páginas a la sección en español.

Durante la última etapa de su vida, Araquistáin se mantuvo en relación con el partido, firmó en sus publicaciones tratando de contribuir al debate en la organización, participó en reuniones y ejerció influencia en grupos de militantes, pero no llegó a ocupar ningún cargo. En su época de Leviatán había sido el más izquierdista. En el exilio, se convirtió en el más posibilista y crítico con la actuación del partido durante la república y en la guerra civil. Su feroz anticomunismo llegó a escandalizar a sus compañeros más moderados, como Prieto. Sus críticos dijeron de él que era capaz de defender con la misma vehemencia una idea y su contraria transcurridos unos días.

Su tesis era que la República murió atrapada por la presión de dos grandes potencias, Rusia de un lado, Alemania e Italia del otro, con la abstención de Inglaterra y Francia. Acertó y profundizó en la crítica del estalinismo, pero fue incapaz de extraer las últimas consecuencias de su propia participación en el revolucionarismo del PSOE que desde 1933 se propuso, y lo consiguió, acabar con la república. Llegó a negar que hubiera tenido algo que ver con la elevación de su jefe de filas a la categoría de Lenin español, cuando no hay más que ir a los artículos de Leviatán y Claridad para demostrar lo contrario. Su autocrítica en los últimos años fue tal vez extremosa, pero, aunque resulte comprensible, no llegó a cortar esa especie de cordón intelectual que le impidió abandonar la idea de revolución y la mitología proletaria.

Editor

Con Negrín y Álvarez del Vayo como socios, Araquistáin dirigió una editorial, cuya primera noticia es de 1929. Llevaba el nombre de la revista que habían dirigido Ortega, Azaña y él, España. Azaña, que se había hecho cargo de ella cuando agonizaba como empresa, la había cerrado, tras haber sido estrangulada por el primer gobierno de la dictadura de Primo de Rivera en los primeros días de 1924. El futuro presidente de la república, según su cuñado, que contribuyó a convencerlo y fue secretario de la publicación, se había metido en ella para proyectar su figura política.

España había sido fundada en 1915 por Ortega como órgano de la Liga de Educación Política de Luis García Bilbao, un admirador que, tras escucharle la conferencia “Nueva y Vieja política” había puesto a su disposición una herencia que acababa de recibir. Según Rivas Cherif, el benefactor de la causa orteguiana era un “timidísimo personaje, aunque aventurado mecenas y literalmente ahogado en la triste pasión del alcohol, que nos ocultaba pudorosamente, agravándola para su mal con el café que bebía de continuo, creo que por único alimento, dada su desgana de todo ejercicio y abandonado a la perdición de sus aptitudes”.

Al año, Ortega abandonó la empresa y a su deprimente mecenas para embarcarse en nuevas singladuras. En enero de 1916, Araquistáin se hizo cargo de la dirección, en la que permaneció hasta 1922. Según Mainer, con él la revista “se convirtió en el portavoz de todo el descontento de la nación”. Tras abandonar la revista, Araquistáin publicó más de una docena de novelas breves, la mayor parte de ellas en La Novela de Hoy, unas 60 páginas, varias obras de teatro y varios libros de ensayos. Su vuelta a la política coincidió o fue precedida por la reedición en 1930 en la editorial España de un libro, El Ocaso de un régimen nueva versión del que diez años atrás había titulado España en el crisol, en el que resumió su ideario regeneracionista y que no hace predecible su radicalización marxista de pocos años después.

No se sabe mucho de la editorial España, salvo que dio en la diana con uno de sus primeros títulos, una novela pacifista que retrataba la cara más amarga de la gran guerra. La decisión de publicarlo se debe, al parece, a Trudy, la mujer de Araquistáin, que hacía las veces de lectora para la editorial. De Sin novedad en el frente de Erich Marie Remarque vendió la editorial España más de 100.000 ejemplares en poco más de un año. Otro indicio de su actividad que recoge Caudet, es el anuncio incluido en 1934 en la revista Leviatán en el que se ofrece descuento sobre 15 títulos de la editorial.

La editorial España publicó también la primera novela de Alejo Carpentier, ¡Écue-Yamba-Ó! Desde París llegó el cubano en 1933 a la estación del Norte con 20 pesetas y Álvarez del Vayo le pagó por derechos de autor mil, con las que, como era costumbre, invitó a un banquete a sus amigos.

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