Araquistáin 3. Los libros y la familia

El último cargo político que desempeñó Araquistáin fue el de embajador de la República en París. Cuando cayó Largo Caballero en mayo de 1937, dimitió y regresó a Madrid, a su piso de la calle Espalter. En 1938 se instaló en Barcelona tras haber pasado unos meses en Valencia. Durante su estancia en Barcelona, aunque siguió siendo diputado, influyente miembro de la agrupación socialista madrileña y asesor de Largo Caballero, permaneció como éste, desocupado, confinado por el gobierno, en cuarentena política. Largo, desposeído de sus cargos, había empezado a criticar en público la situación, el creciente control comunista del gobierno, pero tuvo que dejar de hacerlo tras ser detenido en Valencia.

En su Historia del pensamiento español contemporáneo chocan las precisiones bibliográficas, excesivas y fuera de lugar, con que Araquistáin salpica sus reflexiones sobre algunos autores. Por la reciente biografía de Fuentes nos enteramos de dónde procede esta erudición. Le introdujo en la alta bibliofilia el más ilustre de estos especialistas, Antonio Palau i Dulcet, durante el año que pasó en Barcelona, el último que vivió en España. A su muerte en 1956 le dedicó un artículo en los Cuadernos para la Libertad de la Cultura. Por los rastros que quedan en su correspondencia, Fuentes cita los pedidos que hace a la librería de Enrique Prieto de Madrid, se deduce que la bibliofilia empezó a convertirse para Araquistáin en una actividad cuasi profesional. Los libros adquiridos en Barcelona consiguió llevárselos consigo a Londres. Es interesante recordar cómo lo consiguió.

El domingo 22 de enero de 1939, las tropas del general Franco habían llegado a Sitges. El gobierno republicano se planteó con urgencia el abandono de Barcelona. La orden fue dada al día siguiente. Zugazagoitia cuenta la dramática escasez de medios de transporte: “Un camión el día 23 de enero tenía un precio exorbitante. Toda la administración estaba de mudanza y los vehículos resultaban insuficientes. En la Jefatura de transportes afirmaban no disponer de uno solo.” (…) “Si los ministros esperan que Transportes Militares les facilite algún vehículo harán mejor pegando fuego a sus departamentos. Ganarán tiempo. El único camión que he pedido para la secretaría general (de Defensa) no me ha sido facilitado”. Muchos archivos ministeriales fueron quemados, otros quedaron abandonados.

La noche del día anterior, varias ambulancias de la Sanidad Militar se habían dirigido hacia la frontera tras recoger su carga en la calle Campo Vidal del barrio barcelonés de Gracia. Pero no eran personas lo que transportaban, sino la biblioteca, los papeles y acaso otras pertenencias de Araquistáin. Las ambulancias -la fuentes hablan de varias, pero no precisan el número- habían sido puestas a su disposición por el jefe de la Sanidad Militar, el compañero Arín, como le llama Largo Caballero. A pesar de la escasez de medios de transporte durante la evacuación de Barcelona, permanecieron varios días dedicadas a la mudanza de don Luis.

Un incómodo testigo, Constancia de la Mora -la nieta comunista de Maura, funcionaria del ministerio de Propaganda y casada con Ignacio Hidalgo de Cisneros, el jefe de la aviación republicana-, las vio aparcadas el 29 de enero delante del ayuntamiento de Cerbére y lo contó en sus memorias Doble esplendor. Este libro, como el Cambio de Rumbo de su marido, son dos testimonios políticos de un estalinismo ruborizante:

“Monsieur Cruzel, el alcalde, nos llevó a su despacho y desde su ventana señaló a varias ambulancias, nuevecitas, pintadas de verde, de la Sanidad Militar del Ejército Republicano.
– ¿Qué hacen ahí? -pregunté extrañada-. Con lo necesarias que serían en el frente y para la evacuación de hospitales.
– ¿Usted qué cree? -me contestó el alcalde con ironía.
– Hay que hacer que regresen a España inmediatamente.
– El 27 de enero llegaron aquí. Hace varios días, como usted ve; pero no traían heridos, ni enfermos, ni mutilados, sino los archivos y otros objetos propiedad del señor Largo Caballero y de don Luis Araquistáin. En alguna de ellas venían cuadros y alfombras (quizá tapices, el libro fue traducido del inglés), pero no hemos querido tocar nada porque en una limousine llegaron al mismo tiempo esos dos “señores” -continuó el alcalde, poniendo énfasis en la última palabra- con la esposa del segundo. Ella no es española, según tengo entendido, ¿no es verdad? Andan buscando la manera de expedir todo a París, por ferrocarril, sin que les cueste dinero y, entretanto, no quieren desocupar las ambulancias”.

De la Mora apostilla: “Sentí vergüenza y una rabia inmensa de que los que tan generosamente entregaron sus vidas en los campos de España hubiesen podido tener confianza alguna vez en aquellos dos hombres y no supe qué contestar. ¡Ambulancias para transportar papeles y alfombras cuando nuestros heridos no podían escapar a la barbarie de los fascistas por falta de ellas!”

Largo Caballero da una versión algo distinta en Mis recuerdos. No parece que las ambulancias transportaran nada suyo. Además de Araquistáin y Largo Caballero, en la caravana iban también otros compañeros de facción, incluido el doctor Arín, con sus familias. Los primeros pasaron la frontera con sus pasaportes diplomáticos. En Cérbere, cuando Constancia de la Mora vio las ambulancias, esperaban a que lo lograra el resto.

Según Fuentes, la carga era fundamentalmente propiedad de Araquistáin. “Unas ambulancias facilitadas por el Jefe de la Sanidad Militar, el doctor Arín, le permiten llevarse su rica biblioteca, que la estancia en Barcelona había acrecentado con obras de notable valor.” La utilización de estos vehículos para la evacuación de su patrimonio particular le merece un juicio menos severo que a Constancia de la Mora: “demuestra hasta qué punto estaba dispuesto a todo con tal de salvar su biblioteca” ¿Qué se llevó Araquistáin de Barcelona en las ambulancias del compañero Arín?

Lo que se sabe es que vendió algunos de los libros en Londres para superar los momentos de mayores dificultades económicas. Según le contó a José Bullejos en 1952, su situación económica “se iba haciendo cada vez más difícil según disminuían los mejores libros de mi biblioteca”. No eran menudencias: un manuscrito de Petrarca fue subastado en Sotheby’s y varios incunables hebreos vendidos al British Museum. Fuentes cuenta que en 1948 recibió de Sothebys 378 libras por la venta de varios ejemplares en una subasta; en 1951, la cantidad es de 903 libras; casi 3.000 en 1952 y más de ochocientas en 1953.

En 1946, proyectó con Luis Quintanilla crear una empresa de compraventa de libros raros y antiguos. Unos años más tarde, su socio es Narcís Andreu i Abelló, que dirigía entonces un banco en Tánger, donde, según lo recuerda Manuel Ortínez, que eludía las limitaciones cambiarias de la época en esa ciudad, vivía en un palacio como un príncipe árabe con sirvientes negros. Andreu, hombre astuto, se encarga de buscar socios capitalistas para la sociedad que proyecta. Pero el negocio no parece que prosperara a esa escala y Araquistáin siguió dedicado al trapicheo.

Además de los libros, también se introdujo en el coleccionismo de cuadros, muebles y cerámicas. A Ginebra trasladó algo de lo que había reunido. Fuentes menciona dos cuadros de Fortuny, un greco, un posible goya, un boceto de Sorolla y un vicente lópez, por el que le ofrecían desde España 50.000 pesetas de 1952.

Su interés llegó a ser tan amplio que le interesaba cualquier obra rara por algún concepto, aunque su campo de especialidad se fue precisando en pintura española contemporánea y libros de los siglos XV y XVI, sobre todo ediciones ilustradas, clásicos franceses del XVII y estudios sobre América. En 1953 compró tres “picassitos” a la galería Gaspar de Barcelona, para los que tenía un americano dispuesto a pagar por ellos 4000 dólares si se le aseguraban la autenticidad. Un detalle más de su capacidad para vivir en la contradicción es la crítica que le merece la especulación con obras de arte y su odio por los marchantes a los que acusa de ser “incubadores de falsos valores”. En 1955, Andreu i Abelló le puso en relación con su primo Juan Abelló, presidente entonces de la Cámara de Comercio de Madrid, al que le vendió, haciéndole precio de amigo, para quedar bien con Andreu, un fortuny por 200.000 francos franceses, que cobraría en París su cuñada, la mujer de Julio Álvarez del Vayo, con quien, al parecer, acababa de reconciliarse tras casi 20 años de odio furibundo.

Cuando se trasladó a Ginebra para vivir con su hijo, el volumen de su biblioteca era tal que se vio obligado a alquilar un local para alojar los libros de menor uso. Al final de su vida, había reunido una biblioteca de 20.000 volúmenes, que Finki, su hijo, pretendió vender, sin éxito, como hemos visto, al estado español.

La familia

“Por aquellos días (…) pasó sobre España una gentil bandada de garzas suizas, tres de las cuales, sin duda las más bellas, se posaron a orillas del Manzanares. (…) estas aves lindas no se posaron en Madrid por confundir el Manzanares con ningún lago de su país; su verdadero motivo era mucho más avizor. La una se casó con Araquistáin, la otra con Vayo y la tercera con Viñuales”. Así comienza Salvador de Madariaga su retrato de Luis Araquistáin. Las hermanas eran de origen ruso y algún autor añade que también judío. Gertrude Graa, a la que llamaban Trudy, se casó con Araquistáin en Londres en 1914.

De los testimonios sobre ella se deduce que era una mujer fuerte, muy fuerte en opinión de algunos, con influencia sobre su marido. Martínez Nadal, que la conoció ya en Londres, dice que era “inteligente, directa, a menudo agresiva. Gozaba ella con el intento de desconcertar a los que sabía o creía eran asustadizos burgueses de derechas”. Según Mariano Ansó, cuando Pío Baroja pasó por la embajada en París, un reproche áspero de Trudy por su apoliticismo fue la causa de que el escritor regresara a España, a la zona nacional, a pesar del susto que le habían dado los requetés en Vera. Trudy murió de leucemia en Londres, en 1942.

El matrimonio tuvo dos hijos. El 18 de julio de 1915 nació Ramón, conocido como Finki (o Fincki, por pinzón, según Madariaga), como le llamaba su madre. A Ramón lo educaron con el Instituto Escuela y estaba matriculado en Medicina en 1936. Su padre consiguió que no fuera al frente aduciendo que desempeñaba tareas para la embajada. En Barcelona trabajó en un hospital. Louis Fisher, el americano periodista, escritor y colaborador de la Komintern  hasta su ruptura tras la guerra de España, lo recuerda en sus memorias haciendo de médico en el hospital donde le acompañó a visitar a varios heridos muy graves.

No acompañó a sus padres a Londres y prefirió marchar a México para proseguir sus estudios de Medicina, que no acabó. En 1946 retornó a Europa y se instaló en París, sin oficio ni beneficio, viviendo de lo que le enviaba su padre. Por mediación de éste consiguió entrar como corrector de pruebas en la Organización Internacional del Trabajo, instalándose definitivamente en Ginebra en 1950. Un poco más tarde su padre abandonó Londres para vivir con su hijo en la ciudad suiza.

La hija, Sonia, era más joven que Ramón, pero no se cita su fecha de nacimiento. Se educó también en la escuela institucionista. Más tarde estudió en Inglaterra en Summerhill, la conocida escuela en la que se ponían en práctica las más avanzadas ideas pedagógicas, con la que permaneció vinculada hasta muy avanzados los años treinta, llegando a ilustrar un libro de Neill, el fundador. Según Martínez Nadal era guapísima, escultural. Con la familia Araquistáin también vivía Amparo Sánchez, hija de un amigo socialista, a la que habían recogido al quedar huérfana. Era “morena encendida, muy guapa y escultural también”.

En el otoño de 1945 Sonia se suicidó arrojándose desde la azotea del edificio de Bayswater en el que residía con su padre y Amparo en Londres. Martínez Nadal, el Gran Simpático de Aquilino Duque en Mano en candela, recuerda cómo unos días antes le había dicho en una recepción en la embajada de Venezuela:

-¿Véis? Nadal sabe lo que fui, soy y seré. Primero, reptil, luego me erguí en cuatro patas y fui gacela, ahora soy mujer. Mañana o pasado volaré. “Se levanta de la silla, me da un beso frío en la boca y atónita, sin mirar, fija sus bellos ojos en el vacío. Sonia está loca.” Se había enamorado de un capitán canadiense que ese domingo tenía que regresar a Alemania. Su padre tenía cita para llevarla al día siguiente al psiquiatra. Pero Sonia se desnudó en la cabina telefónica desde la que había hablado con él, tras asegurarle que en un momento se plantaba en la estación para despedirlo, subió hasta la terraza y se lanzó desde ella. “No preocuparos, que yo ya puedo volar”, fue su despedida.

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