Araquistáin y el Guernica de Picasso

Publiqué Cinco notas sobre Luis Araquistain en el nº 12 (2002) de La Ilustración Liberal. Al recuperarlas, las he separado en tres posts independientes.

En 1983, se publicó una antología de artículos de Luis Araquistáin con un estudio preliminar de Javier Tusell que ocupa un tercio del libro. El libro es el primer trabajo realizado a partir de los documentos del político y periodista adquiridos por el Estado español dos años antes y depositados en el Archivo Histórico Nacional. La versión de Tusell de cómo llegaron a su destino los papeles de Araquistáin es, digámoslo así, circunspecta: “El archivo particular de don Luis Araquistáin fue adquirido a su heredera, la mujer de su hijo Ramón, en la localidad suiza de Ginebra, siendo director general de Bellas Artes, Archivos y Bibliotecas el que suscribe. Jugó un papel importante tanto en la localización del archivo como en las negociaciones previas a su compra el diplomático español don Rafael Fernández Quintanilla. Un factor decisivo en la compra fue la conciencia de que entre la documentación conservada en el archivo había testimonios importantes de que el Guernica, de Picasso, fue en su día pagado por el estado español. Por supuesto la adquisición no se hizo sino después de comprobar el valor indudable desde el punto de vista histórico no sólo de los documentos citados sino también de la totalidad del acerbo documental allí existente.” La nota se extiende luego en cómo fue inventariado y ordenado el archivo, trabajos que, al parecer, también fueron objeto de una publicación del ministerio.

Conocemos la versión del propio Fernández Quintanilla, pues, dos meses después de la llegada del cuadro a su primer destino, publicó en la editorial Planeta un libro, La odisea del Guernica, que Tusell no menciona, y donde cuenta las peripecias que se resumen a continuación. El 18 de febrero de 1981, Fernández Quintanilla, que actuaba en representación del Estado español, llegó a un acuerdo en Ginebra con la viuda de Ramón (Finki) Araquistáin, por el cual ésta, por una cantidad ignorada, entregaba a aquel “treinta y cinco archivadores y varios cajones con legajos, documentos, correspondencia y escritos” acumulados en el último tramo de su vida por el padre de su marido, el escritor, periodista, militante del PSOE, diputado y embajador de la república española en Berlín y París, Luis Araquistáin Quevedo, fallecido en esa ciudad en 1959. Fernández Quintanilla ponía de este modo el broche final a la pesquisa que había iniciado tres años antes cuando se entrevistó con Finki por primera vez para tratar del asunto.

Fernández Quintanilla, en la carrera diplomática desde 1946, era sobrino del pintor, dibujante y veterano militante socialista Luis Quintanilla, amigo y corresponsal constante de Luis Araquistáin, al menos en sus últimos años. Tío y sobrino, separados por el exilio, se habían reencontrado cuando éste estuvo destinado en París como agregado cultural en los años 60. A Finki Araquistáin lo había conocido en Ginebra, siendo cónsul de España en los primeros 70. Lo que, según su testimonio, le llevó a entrevistarse con Finki en 1978, inducido por su tío Quintanilla, fue la posibilidad de que entre los papeles del que había sido embajador de la República española en París entre septiembre del 36 y mayo del 37 hubiera algún recibo o constancia de otro tipo de que Guernica, el cuadro pintado por Picasso para el pabellón español en la Exposición Universal de París de 1937, había sido un encargo (y no un préstamo) o una donación del pintor al Gobierno republicano.

El otoño de 1977, Fernández Quintanilla se había ofrecido a su ministro, Marcelino Oreja, para tratar de conseguir pruebas documentales que avalaran la reclamación del cuadro de Picasso ante el Museo de Arte Moderno de Nueva York, donde había permanecido en depósito durante treinta años. El asunto era complicado por las diversas voluntades que, además de la de los responsables del museo, había que poner de acuerdo. Era preciso tener en cuenta y cortejar a los malavenidos herederos del pintor, todavía en trámites con la Hacienda francesa, los cuales podían reclamar la propiedad del cuadro o no dar su acuerdo para que viajara a España haciendo valer su “derecho moral”. Asimismo, jugaba un papel importante el ejecutor de las últimas voluntades del pintor, un joven abogado, aficionado al lujo y al secretismo, que con el tiempo llegaría a ser ministro de Asuntos Exteriores con Miterrand y más tarde condenado por corrupto, maître Roland Dumas. Todos los asesores consultados coincidían en que con algún papel que testimoniara el trato cerrado por el pintor (y director en ausencia del Museo del Prado) con los representantes españoles, la cosa sería mucho más sencilla.

Aunque cabe la posibilidad de que Luis Quintanilla le hubiera puesto sobre aviso y todo fuera una manera de encarecer la mercancía, en la primera entrevista, según cuenta Fernández Quintanilla, en mayo de 1978, Finki no le dio muchas esperanzas de que pudiera encontrarse tal cosa entre los papeles de su padre. Ante su insistencia, se comprometió a buscarlos y a hacerlo también en “unas misteriosas cajas con documentación de la guerra civil, que -según dijo- no le pertenecían y que parecían hallarse depositadas en París”. En septiembre, Finki le llamó para decirle que había encontrado cosas interesantes que quería mostrarle, para lo que quedaron citados en Ginebra de nuevo.

Finki tenía las fotocopias de varios documentos: una carta de Max Aub, fechada el 28 de mayo de 1937, cuando este era agregado cultural en París, donde le daba cuenta al embajador, que había dimitido el día anterior, del acuerdo al que había llegado con Picasso para la realización de Guernica (lo menciona por su título). Otro documento era una carta de Julio Álvarez del Vayo, fechada en enero de 1953, en la que respondía a una pregunta que se supone le había hecho Luis Araquistáin (no es seguro que los concuñados hubieran reanudado para entonces las relaciones rotas durante la guerra) sobre el paradero de un recibo firmado por Picasso, el que se menciona en la de Max Aub. La carta, por lo demás, está llena de detalles concordantes. También de Vayo es una certificación donde afirma que el recibo de marras se había perdido en el bombardeo de Figueras por la aviación franquista (aunque más verosímil hubiera sido, como veremos, que el recibo, de existir, hubiera ardido o hubiera sido abandonado en Barcelona el 24 de enero de 1938). Otro de los documentos que ofrece Finki es una larga carta de su padre a Picasso fechada en marzo de 1953 con la que le hacía llegar un artículo que había publicado, plagada de digresiones y abundantes detalles circunstanciales, como hecha a la medida de lo que buscaba Fernández Quintanilla. Por último, dos estados de cuentas de cantidades pagadas por la embajada en concepto de propaganda (en la que figuran, entre otros, Luis Buñuel, con una cantidad muy importante, Pietro Nenni y Arthur Koestler), donde figuran 150.000 pesetas abonadas a Picasso como pago por los materiales utilizados.

Finki Araquistáin no quería nada por aquellos documentos que no le pertenecían, pero que, le dijo a Fernández Quintanilla, esperaba poder conseguir. Sólo pedía que, a cambio, el Gobierno español le comprara la biblioteca de su padre por cuatro millones de francos suizos (dos millones de dólares al cambio de entonces). No justificaba la cantidad en la calidad de los libros, aunque algunos de valor había reunido, sino en la necesidad de asegurar el futuro de su familia. Finki, jubilado de su trabajo en la OIT se había casado con una joven alemana y tenía dos hijas de corta edad. Para tratar el asunto viajó Finki a Madrid, acompañado de su primo, el hijo de Álvarez del Vayo, pero no se llegó a un acuerdo.

Pasó el tiempo y prosiguieron las gestiones para obtener el cuadro. En 1980, de un ataque cerebral, falleció Finki Araquistáin, sin haberle dicho a su mujer cuánto era lo que aspiraba a obtener por los documentos. A la larga, aunque ayudaron, los documentos de Finki no fueron decisivos para conseguir el cuadro que, finalmente, llegó a España en septiembre de 1981.

Aquilino Duque, que conoció a Finki en Ginebra, cree que éste, con la ayuda de su primo Álvarez del Vayo, fabricó los documentos con papel impreso oficial y una vetusta máquina de escribir. Falsos o auténticos, sirvieron para que el Archivo Histórico Nacional entrara en posesión de los papeles de Luis Araquistáin, que se convirtió de este modo en el periodista y político que mejor representado se halla en esa institución decimonónica nacida para albergar los archivos de la ordenes religiosas suprimidas con la desamortización y que luego ha ido dando cabida a otros papeles muy diversos. Los 34 archivadores adquiridos por el Estado español se transformaron en cincuenta y cinco legajos, donde se recoge su correspondencia, sus artículos y borradores, así como los documentos que dan fe de su ejecutoria en los cargos públicos que desempeñó.

En los legajos Araquistáin, “la vida del escritor socialista y la evolución de su pensamiento se pueden seguir casi día a día”. Es “el material soñado por todo historiador que se propone escribir una biografía”. Pero durante muchos años, aunque los papeles de Araquistáin han sido consultados por diversos investigadores en busca de testimonios sobre hechos diversos, la biografía del escritor y político no ha atraído a nadie. Un profesor de la Universidad Autónoma de Madrid, Juan Francisco Fuentes, ha publicado este año, 2002, el fruto de su inmersión en ese fondo documental y reconstruido la andadura vital e intelectual de los últimos veinte años de su vida. El libro se titula Luis Araquistáin y el socialismo español en el exilio (1939-1959) y lo ha editado Biblioteca Nueva.

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