Buñuel comunista

Es una reseña del libro de Román Gubern y Paul Hammond, Los años rojos de Luis Buñuel.  

Publicado en Libertad Digital el 17 de diciembre de 2009. Se reproduce con mínimas correcciones. 

La vida de Luis Buñuel ha sido contada en varias biografías y son innumerables los artículos que se ocupan de las más peregrinas circunstancias relacionadas con él. La década de los años treinta es la más obscura, por inconcreta, porque nos encontramos con más fabulaciones que hechos contrastables. Cual calamar, el de Calanda contribuyó a ello en las varias memorias que contó a partir de que Max Aub se embarcara, con su colaboración, en el proyecto Buñuel, novela, que no llegó a acabar. En 1982 publicó Mi último suspiro, con su nombre y la ayuda de Carrière. Tres años más tarde apareció una selección de las entrevistas preparatorias hechas por Aub a Buñuel y su entorno, y poco después un tercer libro de entrevistas. En todos ellos aparecen versiones recreadas no demasiado consistentes de lo que le ocurrió en aquellos años.

El de Gubern y Hammond que ahora se publica, Los años rojos de Luis Buñuel, es un libro de más de 400 páginas sobreabundante de noticias cinematográficas, precedentes, consecuentes y adyacentes, y en el que también encontramos noticias suculentas, bien documentadas, que narran algunos de los hechos que Buñuel, anciano ya, trató de enmascarar. La reconstrucción de su peripecia vital en esos años es ahora posible gracias a varios documentos esenciales que han ido apareciendo, como su correspondencia con Noailles, o el estudio sobre su amigo y patrón en Filmófono Ricardo Urgoiti, por citar dos importantes. Para contrastar datos se han consultado muchos archivos y mucha bibliografía. Tras leerlo, sabemos mucho más, pero sigue habiendo zonas en penumbra.

El año que Buñuel cumplió los treinta, había nacido con el siglo, pasó la mayor parte del tiempo en París, recogiendo los frutos de la presentación en sociedad de Un chien andalou el año anterior. Es una película muda de 17 minutos sobre un guión escrito con Dalí, realizada al dictado del credo surrealista con el objeto de ser ambos admitidos en el grupo. Se hizo en una semana y la pagó de su bolsillo, que era el de su madre. Breton, inventor del movimiento, le dio matrícula de honor y se convirtió en el canon cinematográfico superrealista –lo cual no es decir gran cosa, dada la escasa cosecha del género. Por aquellos años, la nave de Breton empezaba a hacer aguas.

En la presentación del primer fruto de su talento conoció a los vizcondes de Noailles, financiadores de La edad de oro, su segunda película, un film “sonoro y hablado” de 60 minutos que costó más de 700.000 francos. Lo de “sonoro y hablado” significa un ensayo de sonorización, uno de tantos, que no prosperó. Apenas se vio esta segunda cinta por el escándalo que originó en las pocas semanas que estuvo en cartel en 1931. Cincuenta años después se recuperó una copia que reavivó su prestigio surrealista, pero poco se supo que Buñuel, antes de un año, había renegado de ella y elaborado una versión de 20 minutos, en la que habían desaparecido los gags de Dalí y que tituló con una cita de Marx: En las aguas heladas del cálculo egoísta. No pasó censura y apenas trascendió. Cuando un cineasta dio con ella años después, pensó que eran meros descartes.

Había dicho adiós al surrealismo para pasarse al marxismo leninismo. Su próxima película, Las Hurdes, retitulada Tierra sin pan en 1936, la hizo un Buñuel que en 1932 había entrado en el Partido Comunista. No decimos “español” o “francés” porque elegía entre uno u otro según su conveniencia. Su militancia la confiesa en varias ocasiones, documentadas en este libro, aunque es posible que no llegara a tener carnet o una vida regular de célula. La suya fue una militancia de privilegio y, a diferencia de, por ejemplo, Alberti, no hizo ostentación de ella.

Lo que se cuenta de Las Hurdes está entre lo más sabroso del libro y viene a rebajar muchos peldaños la abundante literatura exegética producida sobre el asunto. Primero, Buñuel asume un proyecto de Marc Allegret y Eli Lotar, que no habían podido realizar porque fueron expulsados de España. Toda la preparación del film se redujo a la instrumentalización del libro monumental de Maurice Legendre, un antropólogo de derechas, amigo de Unamuno, enamorado de la zona, que había visitado en innumerables ocasiones; un breve viaje y una estancia de un mes para el rodaje. La intención estaba muy clara y la admitió el propio Buñuel: rodar lo peor que vieran, adecuadamente manipulado, para obtener las imágenes más truculentas, teniendo como blanco de sus críticas a la propia República Española, que no había hecho nada para remediar la miseria irredenta de la región. El producto fue un documental superficial, deshonesto, demagógico y sectario.

Tras el escándalo del estreno, la película apenas se vio, debido entre otras circunstancias a que al poco tiempo cambió la política de la Commintern y se adoptó la del frente amplio contra el fascismo, con lo que quedaban fuera de lugar las críticas a la República. Buñuel reeditó su documental, ya en la guerra, y le añadió precisiones ideológicas acordes con el momento. La culpa del estado de Las Hurdes será entonces de las fuerzas ancestrales que entonces luchaban contra los buenos republicanos, al frente de los cuales estaban los comunistas españoles.

También encontrará aquí el curioso prolija explicación de lo que hizo Buñuel entre 1934 y 1936, su dedicación al naciente doblaje y los años de director enmascarado de españoladas para Filmófono. Como anécdota, hay que llamar la atención sobre una carta que le escribió Louis Aragon a finales de 1934 desde Ucrania, sugiriéndole la posibilidad de rodar en la URSS una opereta española. Durante años, parece que Buñuel albergó la esperanza de ir a rodar al país de los soviets.

La mayor penumbra cubre los primeros meses de la guerra en Madrid. Lo cierto es que, a primeros de septiembre de 1936, Buñuel, presa del pánico, abandona los juegos de guerra de sus amigos de la Alianza de Intelectuales y pone tierra de por medio camino de París. Todos los datos señalan a que consigue algún salvoconducto y a que Álvarez del Vayo le hizo un difuso encargo para abandonar Madrid. Ni el encargo ni las tareas que realizó en París están muy claras. Sabemos que en los diez meses de la embajada de Araquistain en París llegó a percibir de los fondos reservados más de 600.000 francos, pero no en qué los utilizó. Estuvo en el entorno de la información, del espionaje y de las actividades de apoyo organizadas por la Commintern. No sería de extrañar que tuviera mayores responsabilidades, dado que era buen amigo de Aragon, impulsor del periódico Ce Soir, montado con dinero español para apoyar la causa republicana.

En septiembre del 38, cuando en España se libraba la Batalla del Ebro y su quinta iba a ser llamada a filas, Buñuel dejó París por Nueva York. Dijo repetidas veces que había ido allí con un encargo del gobierno: asesorar las películas que se hicieran sobre el conflicto, pero la realidad es que Buñuel huyó por segunda vez de la guerra con su familia gracias al dinero que le prestaron varios amigos, conservando el pasaporte diplomático, que le abrió las puertas americanas. Allí comenzó para él una nueva vida, dominada por la necesidad de ganarse la vida con un apremio que hasta entonces, casi cuarentón, no había sentido.

El libro podría haber sido mucho más ameno y apasionante con doscientas, o trescientas, páginas menos y si los autores no hubieran estado tan encorsetados en su rol de historiadores del cine. Apenas emiten juicios sobre el comportamiento de Buñuel, muy fácil de calificar negativamente en muchas ocasiones. Puede hacerlo el lector, si tiene la suficiente paciencia para buscar, entre el follaje de historias de celuloide, las revelaciones sobre la vida de Buñuel, que las tiene y abundantes.

 

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