Un héroe de cartón piedra

Reseña del libro de Javier Juárez Comandante Durán. publicada en Libertad Digital, 25-2-2010, reproducida con leves retoques.

Hace unos años, un librero de viejo, ya fallecido, tras verme hurgar repetidas veces en los estantes de la Guerra Civil, me ofreció su ayuda como testigo (había estado de niño haciendo recados en el cuartel del Quinto Regimiento, decía) y experto. Por fin, un día, le pregunté por Gustavo Durán. “Ese era pianista, comunista y marica”. Luego, me repitió el cuento que había oído sobre él. Cuando era jefe en la guerra, siempre llevaba consigo un piano, con el que se relajaba entre combate y maniobra. Un día, estaba abstraído en la interpretación cuando un ayudante se dirigió hacia él y le dijo algo al oído. Al poco, salió de su ensimismamiento para ordenar: ¡que los fusilen! Luego, volvió a concentrarse en el teclado. El cuento resume el estereotipo de su figura durante la guerra.

Para quienes han oído hablar de él, Gustavo Durán es sinónimo de vida novelesca. Sobre todo desde 1997, por un tocho de casi mil páginas en su edición de bolsillo donde Horacio Vázquez Rial (HVR) concentró la búsqueda apasionada de datos y papeles a la que dedicó varios años de su vida, cuando internet apenas existía. El empeño en comprender la vida de Gustavo Durán le dio a HVR para otro libro sobre la Guerra Civil, y ahí arrancó su deriva ideológica posterior. Pero esa es otra historia. La biografía de GD que publica ahora Javier Juárez (JJ) viene a reivindicar primero la tarea investigadora y documental de HVR, ya que trabaja prácticamente con los mismos materiales que éste encontró y publicó. Las fuentes fundamentales de ambos fueron miembros de la familia de Durán. A algunos de ellos la novela de HVR no les gustó nada, empezando por el título, por la importancia que concedía a algunos aspectos de su personalidad y por cómo los abordaba. La biografía de JJ parece haberles satisfecho, pues las hijas hablaron en la presentación del libro en la Residencia de Estudiantes, donde se guarda lo que queda del archivo personal de Durán y a la que se quiere vincular su memoria.

El Durán de HVR es un héroe problemático y el de Juárez, positivo. En otras palabras, Comandante Durán es una reducción a escala políticamente correcta de El soldado de porcelana. Su punto de vista es académico, progre y convencional. Relega a un segundo plano los abundantes asuntos dignos de controversia. JJ nos da a entender que los conoce, incluso los menciona, pero pasa por ellos de puntillas. Esto ocurre también en libros anteriores de Juárez sobre tipos curiosos (Juan Pujol, el espía que derrotó a Hitler o Patria, una española en el KGB), que nos dejan la sensación de respeto excesivo y de escaso espíritu crítico.

Como corresponde a un español nacido en 1906 y fallecido en 1969, el relato de la vida de Durán tiene tres capítulos. El primero y el último abarcan 30 años; el central, lo que duró la Guerra Civil. Lo más relevante de su infancia es la novela familiar: su padre metió en el manicomio a su madre y vivió el resto de su vida con su amante y sus hijos. Gustavo estudió poco, y mientras estaba matriculado en el conservatorio creyó que quería ser compositor, a lo Ernesto Halffter. Poco antes, un muchacho de dieciséis años, guapo, rubio, con ojos azules y muy simpático, había aparecido en los ambientes culturales madrileños y llamado la atención de dos personajes. Federico García Lorca vivía en la Residencia, andaba mediada la veintena y destacaba como poeta y por su carisma. Mencionó a Gustavo en una carta de 1923 (“No quiere separarse de mí ni medio minuto”). El segundo, Néstor Martín Fernández de la Torre, le llevaba veinte años y era un pintor de prestigio consolidado, algo demodé. Fueron pareja de hecho los diez años siguientes. El músico Durán compuso su pieza mayor en 1927, un ballet con decorados y vestuario de Néstor, todo a la medida de La Argentina, estrella de una gira europea montada por el autor del libreto, Cipriano Rivas Cheriff. Poco después se instaló en París con Néstor.

En 1934, regresó a Madrid, solo y abandonado por la inspiración, para trabajar como técnico de doblaje cinematográfico. Se politizó e intervino en la campaña del Frente Popular con Alberti y algunos compañeros de viaje. Aunque sólo pasara por allí de visita, Juárez incrusta a Durán en una Residencia de Estudiantes mitificada, estereotipada, empalagosa. La benevolencia de su enfoque queda patente en párrafos como este: “El espíritu de superación constituyó otro de sus rasgos más característicos. Apremiado por la propia conciencia de su talento, siempre quiso destacar en cuantas facetas emprendió, ya fueran estas la música, la carrera militar o la diplomacia”. Un punto de vista menos hagiográfico vería en su carácter una mezcla de audacia, ambición y oportunismo.

Su momento de gloria lo alcanzó en la guerra. Sin ningún tipo de preparación, de miliciano raso pasó en dos meses a comandante del Quinto Regimiento. Su peripecia en los primeros meses de la guerra fue novelada por Malraux en La esperanza. La clave de su carrera, además de su valor y sus aptitudes para el mando, fue su adhesión al Partido Comunista. También le favoreció al comienzo hablar bien francés e inglés. Su año estelar fue 1937: intervino al frente de su brigada y de su división en varias de las batallas más sonadas (Jarama, Segovia, Guadalajara, Brunete). Participó en el Congreso de Intelectuales, donde fue aclamado como un héroe. Poco después, durante un mes, se encargó de la jefatura en Madrid del SIM (policía militar a imagen de la soviética). Indalecio Prieto, ministro de la Guerra, lo nombró y lo destituyó por haber nombrado a demasiados comunistas, como contó en uno de sus escritos exculpatorios. Se reincorporó a su división y terminó el año camino de Teruel. Tras quedarse con su unidad al sur del Ebro, llegó a mandar un cuerpo –tres divisiones– del Ejército de Levante. Su jefe, Menéndez, se colocó al lado de Miaja y Casado y evitó la última batalla interna. Con suerte, logró abandonar España en el último barco que salió de Denia y se instaló en Londres.

Su vida y su novela, adquirieron un nuevo impulso cuando, ese mismo verano, por azar, conoció a una americana de buena familia, Bonte Crompton, con la que se casó días después. Con ella viajó a los Estados Unidos, donde fijaron su residencia, trabajando él a salto de mata, hasta que en 1942 se incorporó a la embajada de Estados Unidos en La Habana, tras habérsele concedido, gracias a su familia política, la ciudadanía norteamericana. Había sido recomendado por Hemingway (EH), que así rendía tributo a la admiración que le profesaba. Vivió en Finca Vigía, hasta que ambos se pelearon meses después por culpa de Martha Gellhorn, el alcohol y las malas compañías, comunistas, por supuesto. Sus antiguos camaradas no perdonaban a Durán su desafección. Lo cuenta Santiago Álvarez en su diario, que no ha leído Juárez, al parecer.

Con su embajador, Braden, cambia en 1945 de destino: Buenos Aires. Justo para las primeras elecciones de Perón. La embajada maquina contra él, pero el marido de Eva Duarte ganó y se tomó la revancha. Ahí arrancó el declive de la carrera de Durán como funcionario del Departamento de Estado, para el que siguió trabajando en Washington hasta 1946. Cuando este organismo publicó documentos que demostraban la connivencia con los nazis de los gobiernos de Argentina y España, los aludidos orientaron los focos contra él. Aunque pasó la primera investigación sobre la lealtad de funcionarios con pasado sospechoso, abandonó el Departamento. Ese mismo año, comenzó a trabajar en las recién creadas Naciones Unidas, de las que, como mal menor, quedó excluida España. La policía española elaboró y publicó un dossier lleno de insidias y medias verdades. Ahí se le asociaba el alias de el Porcelana, que González Ruano en sus diarios dice que pertenecía a otro personaje. El dossier llegó a manos de McCarthy, que pensó que el de Durán era uno de sus pocos casos indubitables. El acoso deterioró su carácter, pero salió de él sin mayor perjuicio en 1954.

Vivió en Chile unos años al frente de la Cepal. En 1960, un nuevo capítulo novelesco. Pasó un año al frente de la misión civil de la ONU en el Congo, uno de los capítulos más sombríos del siglo XX. Todavía seguía allí cuando falleció, al estrellarse su avioneta, el secretario que le había nombrado, Hammarskjold. En Nueva York, siguió vinculado a la misión en el Congo cuando sufrió un primer infarto. Su siguiente destino fue Atenas, como delegado. Allí le visitó un joven amigo español, Jaime Gil de Biedma, que buscaba alivio a su depresión. Juárez ni menciona ni cita la biografía del poeta de Miguel Dalmau. Tampoco alude a que la mayor parte de la correspondencia entre ambos sigue inédita. Tuvo más infartos, hasta que uno acabó con él en marzo de 1969, en un remoto pueblo de Creta, cuando pensaba que al jubilarse podría regresar a España.

El clásico se compadecía de aquellos a quienes les toca vivir años interesantes. A Durán le correspondieron muchos, incluso tuvo protagonismo en varios momentos estelares de la humanidad. Estos ingredientes que acabamos de resumir, y que se ramifican por tantos vericuetos como personajes y situaciones memorables y conflictivos aparecen en ellos, y son muchos, dan para una biografía apasionante, desmesurada, como la que hizo Vázquez Rial contrapesando con recursos narrativos los puntos más inciertos y problemáticos de la vida de Durán. La obra de Juárez es informativa, pero plana, lastrada por el empeño en diseñarle una peana irreprochable para hacerle sitio en los lugares comunes de la historia cultural española reciente: la música y la Residencia durante la dictadura, París años 30, el Frente Popular, la Guerra Civil, Malraux, Hemingway, Graham Greene, la ONU, la Guerra Fría, el macartismo, etcétera. Todo lo enfoca Juárez con un didactismo convencional y previsible. Si la intención del autor era esa, nada que objetar. Quien ya conozca la novela de HVR, encontrará poco nuevo.

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