Las Armas, las Letras y Trapiello

Reseña del libro de Andrés Trapiello, Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939), publicada en Libertad Digital el 24 de junio de 2010.

Vuelve de nuevo a las librerías, la tercera vez en quince años, el libro de Andrés Trapiello sobre los escritores en la Guerra Civil. Revisado y ampliado, el libro es, en lo fundamental, aquel de 1994 escrito por sugerencia de Rafael Borrás para  Planeta, que lo vuelve a recuperar en otro de sus sellos, Destino. El libro, un clásico ya, conserva sus virtudes, superiores a sus defectos.

Tarde o temprano, cualquier español, tiene que explicarse la guerra civil. Los nacidos, como el autor, a mediados del siglo pasado, llevamos pegada la pregunta, en cierto modo, como nuestra sombra. Con más motivo, hasta donde quieran responder por sus opiniones, los escritores. Este libro es la respuesta de Trapiello a la pregunta. Acumulativa. Como si nos dijera: verá usted, dicho así en general, la actuación de los escritores españoles en su guerra civil del siglo XX no fue muy airosa, salvo algunas excepciones, en lo personal, ni dio origen a obras muy memorables por sus méritos literarios intrínsecos, pero los casos son muchos y distintos, como los libros e impresos de interés que conviene conocer, de primera mano, para saber de lo que estamos hablando. No se nos ocurre otro autor que lo hubiera hecho mejor y reunido tantas noticias tan dispersas.

Sigue siendo un buen libro, al margen de otras consideraciones, porque en los años transcurridos desde su primera edición no ha aparecido ningún otro que aborde el tema con un formato y perspectiva semejante, con lo que, si no existiera, nuestro conocimiento de los personajes y del momento sería mucho peor. No es un libro académico, sistemático, que responda a un temario prefijado, ni falta que le hace, pues la subjetividad de los juicios implícitos o explícitos es una de sus virtudes, sobre todo en lo estético, que en este caso cuenta mucho. Está escrito desde la experiencia del autor: como lector, como buscador de libros y folletos, por haber conocido a muchos de los protagonistas y haber conversado con ellos sobre los otros. Trapiello ha escrito más que el Tostado, varios centones; es curioso y chismógrafo como pocos, así como perseverante rastreando y editando obras literarias de mérito preteridas u olvidadas. Trapiello también es uno de los escritores castellanos que mejor conoce la literatura catalana y gallega.

El soporte argumental es, por así decirlo, la casuística, la enumeración, todo lo exhaustiva que el tamaño del libro permite, de casos concretos, ordenados, hasta donde es posible, por bandos y generaciones, agrupándolos en torno a ciudades (rojos, azules, blancos y otras pigmentaciones más o menos entreveradas; Madrid, Salamanca, París, Valencia, Barcelona), apoyándose casi siempre en libros y revistas. Cuando apareció fue un libro rompedor que agitó las aguas estancadas de los estudios académicos sobre el asunto. Desde entonces, las historias que se reúnen en este libro han sido un vivero del que han partido otros autores más jóvenes -Cercas y Pradas entre los más sonados- para desarrollar sus propios argumentos, más o menos de ficción.

Esta nueva edición sale enriquecida, con abundantes ilustraciones, apuntes biobliográficos de los mencionados y una cronología de la guerra civil, con lo que se convierte en una especie de catálogo de exposición jibarizado. El material gráfico es muy interesante, aunque el tamaño de muchas de ellas se quede escaso, los pies añadidos lo son menos, con alguna imprecisión, la cronología prescindible y los datos biobliográficos se leen bien y aunque breves son útiles.

Trapiello tiene un oficio indudable y su estilo es discreto, ameno e intencionado, aunque en ocasiones no nos ahorra alguna metáfora de precisión lírica, normal siendo él también poeta. Se diría que debe mucho a Baroja y a Pla, y que cada vez aprecia más a Azorín.  Su pudor al huir de la primera persona del singular suena con frecuencia algo forzado.

Los añadidos más destacables, sin que la observación proceda de un estudio exhaustivo de las variantes, pertenecen a las filas de la tercera España, la más afín al espíritu del libro. Destacan los casos de Manuel Chaves Nogales y Carlos Morla Lynch. El primero, periodista y literato, cuya valoración crece cuanto más se le edita, se le lee y se conocen detalles de su peripecia. El segundo es un diplomático chileno, culto y aristocrático, que pasó los mejores años de su vida en el Madrid de la República. Su testimonio “En Madrid con García Lorca”, fue reeditado, ampliado, hace poco y en él uno encuentra descripciones de la vida cotidiana de los artistas y de quienes los frecuentaban como en pocos libros más. Su importancia como memorialista  se ha multiplicado con la publicación de sus diarios de la guerra, en Madrid, donde fue uno de los principales responsables del asilo que algunas representaciones diplomáticas prestaron a muchas personas perseguidas por su posición o sus creencias, primero por los rojos y luego por los azules, circunstancia que acabó, Neruda mediante, por amargarle el resto de su vida. También se tiene en cuenta la figura de Gaziel, cuyas meditaciones sobre sus años madrileños en la posguerra han sido reeditadas también no hace mucho.

Trapiello fue pionero, tras Mainer, en la reivindicación del mérito literario de los escritores falangistas agrupados en torno a Ridruejo. También ha sido, con Bonet, de los primeros en reclamar atención sobre la importancia de escritores como Gómez de la Serna o Cansinos Asens. Conoce como pocos los pasos y los impresos de Pío Baroja, los Machado, Josep Pla y Juan Ramón Jiménez, por citar algunos de los mejores pasajes del libro. Fue muy amigo de Ramón Gaya y gracias a él tiene un conocimiento muy preciso de la vida y la obra de los del 27. Son de destacar las páginas dedicadas a Bergamín y Alberti, los que peor quedaron en el bando rojo. El retrato de Eugenio D’Ors también es muy de destacar, aunque las dedicadas a los cenáculos azules pamploneses tienen menos interés. La nómina de escritores tratados supera los doscientos. Es pues muy razonable que en algunos casos, no muchos, la información sea escasa, como, por ejemplo en el caso de Juan Chabás, con una vida novelesca, o, entre los extranjeros Ilia Ehrenburg. También sorprende la nula atención que le concede a Álvarez del Vayo, el vínculo español con Münzenberg, el del Socorro Rojo, las asociaciones y los congresos prosoviéticos. Pero son defectos menores.

Otra cosa son las ideas políticas de Trapiello. Se defiende en el último prólogo de las acusaciones de equidistancia, pero no convence. Cree colocar una gran pesa en el platillo republicano, pero, cual halterófilo de pacotilla, sólo tiene de grande la apariencia, carece de densidad. Dice: “Dejemos zanjada esta cuestión: los crímenes en una zona y otra fueron, ciertamente, equiparables. Pero, por suerte para España y para nosotros, no todos los que vivieron aquella guerra fueron asesinos ni representan lo mismo: los irrenunciables principios de la Ilustración sólo estaban representados por la República; la lucha del otro bando fue por la civilización cristiana de Occidente y los privilegios seculares bendecidos por ella mediante una cruzada que trataba precisamente de conculcarlos.”  De ello se podría deducir que para alcanzar el cumplimiento de “los irrenunciables principios de la Ilustración” el mejor camino era el Frente Popular, o sea, la vía revolucionaria, la que acabó con la República. Cuando identifica la civilización cristiana de Occidente con los privilegios seculares, etcétera, simplifica como un sectario. Pero así es Trapiello y su libro, un clásico.

 

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