Las Armas, las Letras y Trapiello

Reseña del libro de Andrés Trapiello, Las armas y las letras. Literatura y guerra civil (1936-1939), publicada en Libertad Digital el 24 de junio de 2010.

Vuelve de nuevo a las librerías, la tercera vez en quince años, el libro de Andrés Trapiello sobre los escritores en la Guerra Civil. Revisado y ampliado, el libro es, en lo fundamental, aquel de 1994 escrito por sugerencia de Rafael Borrás para  Planeta, que lo vuelve a recuperar en otro de sus sellos, Destino. El libro, un clásico ya, conserva sus virtudes, superiores a sus defectos.

Tarde o temprano, cualquier español, tiene que explicarse la guerra civil. Los nacidos, como el autor, a mediados del siglo pasado, llevamos pegada la pregunta, en cierto modo, como nuestra sombra. Con más motivo, hasta donde quieran responder por sus opiniones, los escritores. Este libro es la respuesta de Trapiello a la pregunta. Acumulativa. Como si nos dijera: verá usted, dicho así en general, la actuación de los escritores españoles en su guerra civil del siglo XX no fue muy airosa, salvo algunas excepciones, en lo personal, ni dio origen a obras muy memorables por sus méritos literarios intrínsecos, pero los casos son muchos y distintos, como los libros e impresos de interés que conviene conocer, de primera mano, para saber de lo que estamos hablando. No se nos ocurre otro autor que lo hubiera hecho mejor y reunido tantas noticias tan dispersas.

Sigue siendo un buen libro, al margen de otras consideraciones, porque en los años transcurridos desde su primera edición no ha aparecido ningún otro que aborde el tema con un formato y perspectiva semejante, con lo que, si no existiera, nuestro conocimiento de los personajes y del momento sería mucho peor. No es un libro académico, sistemático, que responda a un temario prefijado, ni falta que le hace, pues la subjetividad de los juicios implícitos o explícitos es una de sus virtudes, sobre todo en lo estético, que en este caso cuenta mucho. Está escrito desde la experiencia del autor: como lector, como buscador de libros y folletos, por haber conocido a muchos de los protagonistas y haber conversado con ellos sobre los otros. Trapiello ha escrito más que el Tostado, varios centones; es curioso y chismógrafo como pocos, así como perseverante rastreando y editando obras literarias de mérito preteridas u olvidadas. Trapiello también es uno de los escritores castellanos que mejor conoce la literatura catalana y gallega.

El soporte argumental es, por así decirlo, la casuística, la enumeración, todo lo exhaustiva que el tamaño del libro permite, de casos concretos, ordenados, hasta donde es posible, por bandos y generaciones, agrupándolos en torno a ciudades (rojos, azules, blancos y otras pigmentaciones más o menos entreveradas; Madrid, Salamanca, París, Valencia, Barcelona), apoyándose casi siempre en libros y revistas. Cuando apareció fue un libro rompedor que agitó las aguas estancadas de los estudios académicos sobre el asunto. Desde entonces, las historias que se reúnen en este libro han sido un vivero del que han partido otros autores más jóvenes -Cercas y Pradas entre los más sonados- para desarrollar sus propios argumentos, más o menos de ficción.

Esta nueva edición sale enriquecida, con abundantes ilustraciones, apuntes biobliográficos de los mencionados y una cronología de la guerra civil, con lo que se convierte en una especie de catálogo de exposición jibarizado. El material gráfico es muy interesante, aunque el tamaño de muchas de ellas se quede escaso, los pies añadidos lo son menos, con alguna imprecisión, la cronología prescindible y los datos biobliográficos se leen bien y aunque breves son útiles.

Trapiello tiene un oficio indudable y su estilo es discreto, ameno e intencionado, aunque en ocasiones no nos ahorra alguna metáfora de precisión lírica, normal siendo él también poeta. Se diría que debe mucho a Baroja y a Pla, y que cada vez aprecia más a Azorín.  Su pudor al huir de la primera persona del singular suena con frecuencia algo forzado.

Los añadidos más destacables, sin que la observación proceda de un estudio exhaustivo de las variantes, pertenecen a las filas de la tercera España, la más afín al espíritu del libro. Destacan los casos de Manuel Chaves Nogales y Carlos Morla Lynch. El primero, periodista y literato, cuya valoración crece cuanto más se le edita, se le lee y se conocen detalles de su peripecia. El segundo es un diplomático chileno, culto y aristocrático, que pasó los mejores años de su vida en el Madrid de la República. Su testimonio “En Madrid con García Lorca”, fue reeditado, ampliado, hace poco y en él uno encuentra descripciones de la vida cotidiana de los artistas y de quienes los frecuentaban como en pocos libros más. Su importancia como memorialista  se ha multiplicado con la publicación de sus diarios de la guerra, en Madrid, donde fue uno de los principales responsables del asilo que algunas representaciones diplomáticas prestaron a muchas personas perseguidas por su posición o sus creencias, primero por los rojos y luego por los azules, circunstancia que acabó, Neruda mediante, por amargarle el resto de su vida. También se tiene en cuenta la figura de Gaziel, cuyas meditaciones sobre sus años madrileños en la posguerra han sido reeditadas también no hace mucho.

Trapiello fue pionero, tras Mainer, en la reivindicación del mérito literario de los escritores falangistas agrupados en torno a Ridruejo. También ha sido, con Bonet, de los primeros en reclamar atención sobre la importancia de escritores como Gómez de la Serna o Cansinos Asens. Conoce como pocos los pasos y los impresos de Pío Baroja, los Machado, Josep Pla y Juan Ramón Jiménez, por citar algunos de los mejores pasajes del libro. Fue muy amigo de Ramón Gaya y gracias a él tiene un conocimiento muy preciso de la vida y la obra de los del 27. Son de destacar las páginas dedicadas a Bergamín y Alberti, los que peor quedaron en el bando rojo. El retrato de Eugenio D’Ors también es muy de destacar, aunque las dedicadas a los cenáculos azules pamploneses tienen menos interés. La nómina de escritores tratados supera los doscientos. Es pues muy razonable que en algunos casos, no muchos, la información sea escasa, como, por ejemplo en el caso de Juan Chabás, con una vida novelesca, o, entre los extranjeros Ilia Ehrenburg. También sorprende la nula atención que le concede a Álvarez del Vayo, el vínculo español con Münzenberg, el del Socorro Rojo, las asociaciones y los congresos prosoviéticos. Pero son defectos menores.

Otra cosa son las ideas políticas de Trapiello. Se defiende en el último prólogo de las acusaciones de equidistancia, pero no convence. Cree colocar una gran pesa en el platillo republicano, pero, cual halterófilo de pacotilla, sólo tiene de grande la apariencia, carece de densidad. Dice: “Dejemos zanjada esta cuestión: los crímenes en una zona y otra fueron, ciertamente, equiparables. Pero, por suerte para España y para nosotros, no todos los que vivieron aquella guerra fueron asesinos ni representan lo mismo: los irrenunciables principios de la Ilustración sólo estaban representados por la República; la lucha del otro bando fue por la civilización cristiana de Occidente y los privilegios seculares bendecidos por ella mediante una cruzada que trataba precisamente de conculcarlos.”  De ello se podría deducir que para alcanzar el cumplimiento de “los irrenunciables principios de la Ilustración” el mejor camino era el Frente Popular, o sea, la vía revolucionaria, la que acabó con la República. Cuando identifica la civilización cristiana de Occidente con los privilegios seculares, etcétera, simplifica como un sectario. Pero así es Trapiello y su libro, un clásico.

 

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Un héroe de cartón piedra

Reseña del libro de Javier Juárez Comandante Durán. publicada en Libertad Digital, 25-2-2010, reproducida con leves retoques.

Hace unos años, un librero de viejo, ya fallecido, tras verme hurgar repetidas veces en los estantes de la Guerra Civil, me ofreció su ayuda como testigo (había estado de niño haciendo recados en el cuartel del Quinto Regimiento, decía) y experto. Por fin, un día, le pregunté por Gustavo Durán. “Ese era pianista, comunista y marica”. Luego, me repitió el cuento que había oído sobre él. Cuando era jefe en la guerra, siempre llevaba consigo un piano, con el que se relajaba entre combate y maniobra. Un día, estaba abstraído en la interpretación cuando un ayudante se dirigió hacia él y le dijo algo al oído. Al poco, salió de su ensimismamiento para ordenar: ¡que los fusilen! Luego, volvió a concentrarse en el teclado. El cuento resume el estereotipo de su figura durante la guerra.

Para quienes han oído hablar de él, Gustavo Durán es sinónimo de vida novelesca. Sobre todo desde 1997, por un tocho de casi mil páginas en su edición de bolsillo donde Horacio Vázquez Rial (HVR) concentró la búsqueda apasionada de datos y papeles a la que dedicó varios años de su vida, cuando internet apenas existía. El empeño en comprender la vida de Gustavo Durán le dio a HVR para otro libro sobre la Guerra Civil, y ahí arrancó su deriva ideológica posterior. Pero esa es otra historia. La biografía de GD que publica ahora Javier Juárez (JJ) viene a reivindicar primero la tarea investigadora y documental de HVR, ya que trabaja prácticamente con los mismos materiales que éste encontró y publicó. Las fuentes fundamentales de ambos fueron miembros de la familia de Durán. A algunos de ellos la novela de HVR no les gustó nada, empezando por el título, por la importancia que concedía a algunos aspectos de su personalidad y por cómo los abordaba. La biografía de JJ parece haberles satisfecho, pues las hijas hablaron en la presentación del libro en la Residencia de Estudiantes, donde se guarda lo que queda del archivo personal de Durán y a la que se quiere vincular su memoria.

El Durán de HVR es un héroe problemático y el de Juárez, positivo. En otras palabras, Comandante Durán es una reducción a escala políticamente correcta de El soldado de porcelana. Su punto de vista es académico, progre y convencional. Relega a un segundo plano los abundantes asuntos dignos de controversia. JJ nos da a entender que los conoce, incluso los menciona, pero pasa por ellos de puntillas. Esto ocurre también en libros anteriores de Juárez sobre tipos curiosos (Juan Pujol, el espía que derrotó a Hitler o Patria, una española en el KGB), que nos dejan la sensación de respeto excesivo y de escaso espíritu crítico.

Como corresponde a un español nacido en 1906 y fallecido en 1969, el relato de la vida de Durán tiene tres capítulos. El primero y el último abarcan 30 años; el central, lo que duró la Guerra Civil. Lo más relevante de su infancia es la novela familiar: su padre metió en el manicomio a su madre y vivió el resto de su vida con su amante y sus hijos. Gustavo estudió poco, y mientras estaba matriculado en el conservatorio creyó que quería ser compositor, a lo Ernesto Halffter. Poco antes, un muchacho de dieciséis años, guapo, rubio, con ojos azules y muy simpático, había aparecido en los ambientes culturales madrileños y llamado la atención de dos personajes. Federico García Lorca vivía en la Residencia, andaba mediada la veintena y destacaba como poeta y por su carisma. Mencionó a Gustavo en una carta de 1923 (“No quiere separarse de mí ni medio minuto”). El segundo, Néstor Martín Fernández de la Torre, le llevaba veinte años y era un pintor de prestigio consolidado, algo demodé. Fueron pareja de hecho los diez años siguientes. El músico Durán compuso su pieza mayor en 1927, un ballet con decorados y vestuario de Néstor, todo a la medida de La Argentina, estrella de una gira europea montada por el autor del libreto, Cipriano Rivas Cheriff. Poco después se instaló en París con Néstor.

En 1934, regresó a Madrid, solo y abandonado por la inspiración, para trabajar como técnico de doblaje cinematográfico. Se politizó e intervino en la campaña del Frente Popular con Alberti y algunos compañeros de viaje. Aunque sólo pasara por allí de visita, Juárez incrusta a Durán en una Residencia de Estudiantes mitificada, estereotipada, empalagosa. La benevolencia de su enfoque queda patente en párrafos como este: “El espíritu de superación constituyó otro de sus rasgos más característicos. Apremiado por la propia conciencia de su talento, siempre quiso destacar en cuantas facetas emprendió, ya fueran estas la música, la carrera militar o la diplomacia”. Un punto de vista menos hagiográfico vería en su carácter una mezcla de audacia, ambición y oportunismo.

Su momento de gloria lo alcanzó en la guerra. Sin ningún tipo de preparación, de miliciano raso pasó en dos meses a comandante del Quinto Regimiento. Su peripecia en los primeros meses de la guerra fue novelada por Malraux en La esperanza. La clave de su carrera, además de su valor y sus aptitudes para el mando, fue su adhesión al Partido Comunista. También le favoreció al comienzo hablar bien francés e inglés. Su año estelar fue 1937: intervino al frente de su brigada y de su división en varias de las batallas más sonadas (Jarama, Segovia, Guadalajara, Brunete). Participó en el Congreso de Intelectuales, donde fue aclamado como un héroe. Poco después, durante un mes, se encargó de la jefatura en Madrid del SIM (policía militar a imagen de la soviética). Indalecio Prieto, ministro de la Guerra, lo nombró y lo destituyó por haber nombrado a demasiados comunistas, como contó en uno de sus escritos exculpatorios. Se reincorporó a su división y terminó el año camino de Teruel. Tras quedarse con su unidad al sur del Ebro, llegó a mandar un cuerpo –tres divisiones– del Ejército de Levante. Su jefe, Menéndez, se colocó al lado de Miaja y Casado y evitó la última batalla interna. Con suerte, logró abandonar España en el último barco que salió de Denia y se instaló en Londres.

Su vida y su novela, adquirieron un nuevo impulso cuando, ese mismo verano, por azar, conoció a una americana de buena familia, Bonte Crompton, con la que se casó días después. Con ella viajó a los Estados Unidos, donde fijaron su residencia, trabajando él a salto de mata, hasta que en 1942 se incorporó a la embajada de Estados Unidos en La Habana, tras habérsele concedido, gracias a su familia política, la ciudadanía norteamericana. Había sido recomendado por Hemingway (EH), que así rendía tributo a la admiración que le profesaba. Vivió en Finca Vigía, hasta que ambos se pelearon meses después por culpa de Martha Gellhorn, el alcohol y las malas compañías, comunistas, por supuesto. Sus antiguos camaradas no perdonaban a Durán su desafección. Lo cuenta Santiago Álvarez en su diario, que no ha leído Juárez, al parecer.

Con su embajador, Braden, cambia en 1945 de destino: Buenos Aires. Justo para las primeras elecciones de Perón. La embajada maquina contra él, pero el marido de Eva Duarte ganó y se tomó la revancha. Ahí arrancó el declive de la carrera de Durán como funcionario del Departamento de Estado, para el que siguió trabajando en Washington hasta 1946. Cuando este organismo publicó documentos que demostraban la connivencia con los nazis de los gobiernos de Argentina y España, los aludidos orientaron los focos contra él. Aunque pasó la primera investigación sobre la lealtad de funcionarios con pasado sospechoso, abandonó el Departamento. Ese mismo año, comenzó a trabajar en las recién creadas Naciones Unidas, de las que, como mal menor, quedó excluida España. La policía española elaboró y publicó un dossier lleno de insidias y medias verdades. Ahí se le asociaba el alias de el Porcelana, que González Ruano en sus diarios dice que pertenecía a otro personaje. El dossier llegó a manos de McCarthy, que pensó que el de Durán era uno de sus pocos casos indubitables. El acoso deterioró su carácter, pero salió de él sin mayor perjuicio en 1954.

Vivió en Chile unos años al frente de la Cepal. En 1960, un nuevo capítulo novelesco. Pasó un año al frente de la misión civil de la ONU en el Congo, uno de los capítulos más sombríos del siglo XX. Todavía seguía allí cuando falleció, al estrellarse su avioneta, el secretario que le había nombrado, Hammarskjold. En Nueva York, siguió vinculado a la misión en el Congo cuando sufrió un primer infarto. Su siguiente destino fue Atenas, como delegado. Allí le visitó un joven amigo español, Jaime Gil de Biedma, que buscaba alivio a su depresión. Juárez ni menciona ni cita la biografía del poeta de Miguel Dalmau. Tampoco alude a que la mayor parte de la correspondencia entre ambos sigue inédita. Tuvo más infartos, hasta que uno acabó con él en marzo de 1969, en un remoto pueblo de Creta, cuando pensaba que al jubilarse podría regresar a España.

El clásico se compadecía de aquellos a quienes les toca vivir años interesantes. A Durán le correspondieron muchos, incluso tuvo protagonismo en varios momentos estelares de la humanidad. Estos ingredientes que acabamos de resumir, y que se ramifican por tantos vericuetos como personajes y situaciones memorables y conflictivos aparecen en ellos, y son muchos, dan para una biografía apasionante, desmesurada, como la que hizo Vázquez Rial contrapesando con recursos narrativos los puntos más inciertos y problemáticos de la vida de Durán. La obra de Juárez es informativa, pero plana, lastrada por el empeño en diseñarle una peana irreprochable para hacerle sitio en los lugares comunes de la historia cultural española reciente: la música y la Residencia durante la dictadura, París años 30, el Frente Popular, la Guerra Civil, Malraux, Hemingway, Graham Greene, la ONU, la Guerra Fría, el macartismo, etcétera. Todo lo enfoca Juárez con un didactismo convencional y previsible. Si la intención del autor era esa, nada que objetar. Quien ya conozca la novela de HVR, encontrará poco nuevo.

Constancia de la Mora, reconstruida

Título original: Connie, al fin, reconstruida. Reseña del libro de Soledad Fox Maura: Constancia de la Mora. Esplendor y sombra de una vida española del siglo XXPublicado en Libertad Digital, 18-09-2008.

La última reedición de la traducción al español de la presunta autobiografía de Constancia de la Mora, Doble esplendor, está teniendo un éxito considerable. Apareció en la editorial Gadir, con un prólogo de circunstancias de su primo el exministro de Cultura español y novelista, en noviembre de 2004, se reeditó dos meses después y por las librerías anda, desde este mayo, la cuarta.

Esta considerable masa de lectores, muy superior a los que la leyeron en las anteriores ediciones de 1944 y 1977, están de enhorabuena, ya que acaba de publicarse la traducción de la biografía de Constancia de la Mora que, fruto de una concienzuda tarea investigadora, publicó Soledad Fox Maura hace dos años, en el centenario del nacimiento de su, tal vez, pariente.

Poco se sabía de esta mujer, aparte de lo que cuenta en su único libro y de los testimonios, adversos y entusiastas, de los que la trataron, sobre todo en su etapa al frente de la Oficina de Prensa Extranjera de la República. El libro de Fox ilumina sobre todo las andanzas del personaje en los diez últimos años de su vida, primero en Nueva York y luego en México, de los que apenas se sabía nada.

Nacida en 1906, nieta de Antonio Maura, fue una mujer singular en una familia abundante en personalidades curiosas. Recibió la educación típica de la época y de su condición, salvo los años adolescentes que pasó en un colegio religioso de Cambridge, claves, en parte, de su posterior relevancia, ya que allí aprendió el inglés con el que tan útil sería. Tras un temprano y alocado matrimonio con un señorito malagueño, con el que tuvo a su única hija, Luli, se divorció en 1931, estrenando, como quien dice, la ley republicana. Volvió a casarse con Ignacio Hidalgo de Cisneros, un alavés, aviador militar, de prosapia y porte tan aristocráticos como corto de patrimonio y republicano de corazón. En la guerra se hizo comunista (como su mujer) y llegó a jefe de la aviación del ejército republicano. Connie, como la bautizaron en su primera estancia británica y le llamaban sus amigos, alcanzó su momento estelar durante la guerra al ocupar la dirección de la Oficina de Prensa, donde se apoyaba a los periodistas acreditados y se controlaba, se censuraba, lo que enviaban a sus medios.

El final de la guerra le pilló en Nueva York, adonde había sido enviada por el Gobierno de Negrín como propagandista, aprovechando las buena relaciones que había hecho con escritores y periodistas norteamericanos que habían precisado de sus servicios en España. Allí fue recibida y apoyada en el cumplimiento de su misión por el lobby pro-republicano, formado por las diversas asociaciones de ayuda y el grupo de escritores, periodistas y notables diversos: Jay Allen, en primer lugar, Hemingway, Paul Elliot Paul, etc., que tenían como cabeza honorífica a Eleanor Roosevelt. Fue presentada a la primera dama a las pocas semanas de llegar a NY, iniciando así una amistad que duró dos años. Vivió primero en casa de uno de estos notables, Martha Dodd, una pija izquierdista colaboradora de los servicios soviéticos. Con ellas vivieron también una temporada Tina Modotti, la señora de Vidali, e Irene Falcón, la secretaria de la Pasionaria. Luego se trasladó a casa de Jay Allen, para poner en marcha la idea que éste había tenido y que se materializaría en In place of splendor, que llegó a las librerías en noviembre del 39.

La revelación más memorable es acerca de la autoría real de su único libro. Dice Fox: “Parece bastante incongruente que pudiera haber escrito un libro muy bien elaborado en un inglés preciso, atractivo y de ritmo rápido. Sin mencionar que las 426 páginas fueron escritas a una velocidad impresionante en tan sólo unos meses”. Ninguno de sus críticos se preguntó, que se sepa, cómo había sido posible aquel libro cuando Connie no había escrito nada antes ni en español y su inglés lo había aprendido en los tres años pasados en el colegio de Cambridge (UK). Hay dos teorías, según la autora. Una de ellas es la autoría múltiple, sin precisar quiénes y en qué grado. La otra, de la que nos convence Fox, es que una escritora experimentada le dio la forma final al libro, haciéndolo atractivo, con objeto de influir en la opinión de los lectores norteamericanos a favor de la causa de los republicanos españoles exiliados.

Fox presenta indicios más que suficientes para afirmar que Ruth McKenney, en cuya casa de Connecticut se alojó De la Mora en el verano del 39, fue el negro de Connie. Ruth McKenney escribía para el New Yorker, entre otros medios, había tenido varios éxitos editoriales, publicados por la misma editorial en la que apareció el libro de Connie, y su fama se prolongaría al servir de argumento de obras en escenarios y pantallas. Por entonces militaba en el partido comunista de los USA. No obstante, quizá ambas teorías sean compatibles. Doble esplendor contiene análisis históricos elaborados que se intercalan entre largos episodios anecdóticos y abundancia de precisos datos circunstanciales, lo que señala la intervención de un experto bien documentado. Allen lo era, como sabemos por Preston, así como que Southworth ya colaboraba con Allen. También sabemos que ni el uno ni el otro eran de pluma fácil. McKenney guardó silencio y nadie volvió a acordarse de ella. Constancia de la Mora pudo llegar a creer que ella había sido la autora del libro.

Otra asunto sobre el que llama la atención la autora es la corrección política de su libro, tanto por ofrecer la versión ortodoxa negrinista como por ocultar la condición de militante de Constancia, que se presentaba como una republicana pura. In place of splendor tuvo mucho éxito, gracias a la cobertura que le dio el lobby pro-republicano. Connie, a punto de convertirse en una celebridad, se fue a México con su marido. Allí leyó las primeras críticas adversas, que denunciaban su comunismo y su complicidad en los diversos casos de desaparecidos ilustres: Robles, Nin, etcétera.

Su traducción al español, Doble esplendor, apareció cinco años después en México, donde había fijado su residencia. Fue demorando la vuelta a los Estados Unidos, donde era solicitada para aprovechar el éxito del libro en reuniones a favor de la causa, se enfadó con Allen y con parte del lobby al tratar de conducirlo por la senda marcada por el partido. También Eleanor rompió con ella al enterarse de que era comunista. Hemingway llegó a decirle a Allen: “Estoy hasta el culo (lo poco que me queda) de Constancia”. En México, aunque ganó dinero con su libro y nunca le faltó el apoyo económico de la familia, trabajó en la embajada soviética, entre otras actividades pintorescas. En 1941 se separó de su marido y en 1946 se reencontró con su hija, a la que había enviado a la URSS casi diez años antes. Falleció en enero de 1950 en un accidente de carretera cerca de Panajachel, Guatemala. Los comunistas la despidieron como si siguiera siendo uno de los suyos. Hidalgo de Cisneros se enteró de su muerte en Varsovia, donde residía entonces. En 1962 publicará en Hungría sus memorias, Cambio de rumbo, en las que dedica escaso espacio a la que fue su mujer. Nada se sabe del negro de Hidalgo.

Este de Soledad Fox es un libro honesto, trabajado a conciencia, que profundiza en territorios poco conocidos, como el del lobby pro-republicano neoyorquino y el del exilio que recaló allí y en México, así como el papel de los comunistas en los años previos a la entrada de los USA en la guerra. Con él nos hacemos una idea más precisa de Constancia de la Mora, cercana y lejana de la protagonista de Doble esplendor. También es un libro brillante, como destaca el prologuista, Paul Preston, aunque choca la manera elusiva en que se refiere a las revelaciones de Fox, él que tanto sabe de la vida de Allen, entre otros muchos. Por lo que escribe el otro presentador, Álvarez Junco, se diría que no ha leído el libro. Al margen de alguna que otra errata, se echa a faltar un índice onomástico, incomprensible omisión.

Buñuel comunista

Es una reseña del libro de Román Gubern y Paul Hammond, Los años rojos de Luis Buñuel.  

Publicado en Libertad Digital el 17 de diciembre de 2009. Se reproduce con mínimas correcciones. 

La vida de Luis Buñuel ha sido contada en varias biografías y son innumerables los artículos que se ocupan de las más peregrinas circunstancias relacionadas con él. La década de los años treinta es la más obscura, por inconcreta, porque nos encontramos con más fabulaciones que hechos contrastables. Cual calamar, el de Calanda contribuyó a ello en las varias memorias que contó a partir de que Max Aub se embarcara, con su colaboración, en el proyecto Buñuel, novela, que no llegó a acabar. En 1982 publicó Mi último suspiro, con su nombre y la ayuda de Carrière. Tres años más tarde apareció una selección de las entrevistas preparatorias hechas por Aub a Buñuel y su entorno, y poco después un tercer libro de entrevistas. En todos ellos aparecen versiones recreadas no demasiado consistentes de lo que le ocurrió en aquellos años.

El de Gubern y Hammond que ahora se publica, Los años rojos de Luis Buñuel, es un libro de más de 400 páginas sobreabundante de noticias cinematográficas, precedentes, consecuentes y adyacentes, y en el que también encontramos noticias suculentas, bien documentadas, que narran algunos de los hechos que Buñuel, anciano ya, trató de enmascarar. La reconstrucción de su peripecia vital en esos años es ahora posible gracias a varios documentos esenciales que han ido apareciendo, como su correspondencia con Noailles, o el estudio sobre su amigo y patrón en Filmófono Ricardo Urgoiti, por citar dos importantes. Para contrastar datos se han consultado muchos archivos y mucha bibliografía. Tras leerlo, sabemos mucho más, pero sigue habiendo zonas en penumbra.

El año que Buñuel cumplió los treinta, había nacido con el siglo, pasó la mayor parte del tiempo en París, recogiendo los frutos de la presentación en sociedad de Un chien andalou el año anterior. Es una película muda de 17 minutos sobre un guión escrito con Dalí, realizada al dictado del credo surrealista con el objeto de ser ambos admitidos en el grupo. Se hizo en una semana y la pagó de su bolsillo, que era el de su madre. Breton, inventor del movimiento, le dio matrícula de honor y se convirtió en el canon cinematográfico superrealista –lo cual no es decir gran cosa, dada la escasa cosecha del género. Por aquellos años, la nave de Breton empezaba a hacer aguas.

En la presentación del primer fruto de su talento conoció a los vizcondes de Noailles, financiadores de La edad de oro, su segunda película, un film “sonoro y hablado” de 60 minutos que costó más de 700.000 francos. Lo de “sonoro y hablado” significa un ensayo de sonorización, uno de tantos, que no prosperó. Apenas se vio esta segunda cinta por el escándalo que originó en las pocas semanas que estuvo en cartel en 1931. Cincuenta años después se recuperó una copia que reavivó su prestigio surrealista, pero poco se supo que Buñuel, antes de un año, había renegado de ella y elaborado una versión de 20 minutos, en la que habían desaparecido los gags de Dalí y que tituló con una cita de Marx: En las aguas heladas del cálculo egoísta. No pasó censura y apenas trascendió. Cuando un cineasta dio con ella años después, pensó que eran meros descartes.

Había dicho adiós al surrealismo para pasarse al marxismo leninismo. Su próxima película, Las Hurdes, retitulada Tierra sin pan en 1936, la hizo un Buñuel que en 1932 había entrado en el Partido Comunista. No decimos “español” o “francés” porque elegía entre uno u otro según su conveniencia. Su militancia la confiesa en varias ocasiones, documentadas en este libro, aunque es posible que no llegara a tener carnet o una vida regular de célula. La suya fue una militancia de privilegio y, a diferencia de, por ejemplo, Alberti, no hizo ostentación de ella.

Lo que se cuenta de Las Hurdes está entre lo más sabroso del libro y viene a rebajar muchos peldaños la abundante literatura exegética producida sobre el asunto. Primero, Buñuel asume un proyecto de Marc Allegret y Eli Lotar, que no habían podido realizar porque fueron expulsados de España. Toda la preparación del film se redujo a la instrumentalización del libro monumental de Maurice Legendre, un antropólogo de derechas, amigo de Unamuno, enamorado de la zona, que había visitado en innumerables ocasiones; un breve viaje y una estancia de un mes para el rodaje. La intención estaba muy clara y la admitió el propio Buñuel: rodar lo peor que vieran, adecuadamente manipulado, para obtener las imágenes más truculentas, teniendo como blanco de sus críticas a la propia República Española, que no había hecho nada para remediar la miseria irredenta de la región. El producto fue un documental superficial, deshonesto, demagógico y sectario.

Tras el escándalo del estreno, la película apenas se vio, debido entre otras circunstancias a que al poco tiempo cambió la política de la Commintern y se adoptó la del frente amplio contra el fascismo, con lo que quedaban fuera de lugar las críticas a la República. Buñuel reeditó su documental, ya en la guerra, y le añadió precisiones ideológicas acordes con el momento. La culpa del estado de Las Hurdes será entonces de las fuerzas ancestrales que entonces luchaban contra los buenos republicanos, al frente de los cuales estaban los comunistas españoles.

También encontrará aquí el curioso prolija explicación de lo que hizo Buñuel entre 1934 y 1936, su dedicación al naciente doblaje y los años de director enmascarado de españoladas para Filmófono. Como anécdota, hay que llamar la atención sobre una carta que le escribió Louis Aragon a finales de 1934 desde Ucrania, sugiriéndole la posibilidad de rodar en la URSS una opereta española. Durante años, parece que Buñuel albergó la esperanza de ir a rodar al país de los soviets.

La mayor penumbra cubre los primeros meses de la guerra en Madrid. Lo cierto es que, a primeros de septiembre de 1936, Buñuel, presa del pánico, abandona los juegos de guerra de sus amigos de la Alianza de Intelectuales y pone tierra de por medio camino de París. Todos los datos señalan a que consigue algún salvoconducto y a que Álvarez del Vayo le hizo un difuso encargo para abandonar Madrid. Ni el encargo ni las tareas que realizó en París están muy claras. Sabemos que en los diez meses de la embajada de Araquistain en París llegó a percibir de los fondos reservados más de 600.000 francos, pero no en qué los utilizó. Estuvo en el entorno de la información, del espionaje y de las actividades de apoyo organizadas por la Commintern. No sería de extrañar que tuviera mayores responsabilidades, dado que era buen amigo de Aragon, impulsor del periódico Ce Soir, montado con dinero español para apoyar la causa republicana.

En septiembre del 38, cuando en España se libraba la Batalla del Ebro y su quinta iba a ser llamada a filas, Buñuel dejó París por Nueva York. Dijo repetidas veces que había ido allí con un encargo del gobierno: asesorar las películas que se hicieran sobre el conflicto, pero la realidad es que Buñuel huyó por segunda vez de la guerra con su familia gracias al dinero que le prestaron varios amigos, conservando el pasaporte diplomático, que le abrió las puertas americanas. Allí comenzó para él una nueva vida, dominada por la necesidad de ganarse la vida con un apremio que hasta entonces, casi cuarentón, no había sentido.

El libro podría haber sido mucho más ameno y apasionante con doscientas, o trescientas, páginas menos y si los autores no hubieran estado tan encorsetados en su rol de historiadores del cine. Apenas emiten juicios sobre el comportamiento de Buñuel, muy fácil de calificar negativamente en muchas ocasiones. Puede hacerlo el lector, si tiene la suficiente paciencia para buscar, entre el follaje de historias de celuloide, las revelaciones sobre la vida de Buñuel, que las tiene y abundantes.

 

Gustavo Durán y yo

Varias veces me he puesto a escribir sobre la biografía de Gustavo Durán. En 2002, tal vez, ya que fue después del 11S y antes de que publicara La izquierda reaccionaria, me puse en contacto con Horacio Vázquez Rial, al que no conocía más que de haber leído su novela, Soldado de porcelana, y algún artículo. Me invitó a visitarle en Barcelona para hablar del personaje al que había dedicado cinco años de su vida. Fui, estuvimos hablando dos días y regresé con una maleta más, la que contenía toda la documentación por él acumulada. Dediqué muchas horas en los años siguientes, entre col y col, a leerla, a conocer mejor los personajes importantes en su vida, a ordenarla, a copiarla, etcétera. También profundicé en sus relaciones y circunstancias. Por ejemplo, un día, en Las Palmas, busqué, sin éxito, una agenda de Durán que se decía conservaba el Museo Néstor y hablé con Pedro Almeida, el mejor conocedor del pintor canario. Otro, en Palma, hablé con Miguel Dalmau, el biógrafo de Gil de Biedma, que me puso en la pista del paradero de las cartas que se escribieron. Todo lo hice en el poco tiempo libre que me dejaba el trabajo de entonces, intenso y absorbente.

En las vacaciones del verano de 2010, me puse, una vez más, a escribir sobre él. Javier Juárez acababa de publicar su biografía, que pasó casi desapercibida pero ocupó el nicho. Su mayor virtud es que utilizó toda la documentación conservada por la familia y que la cita por largo. También añade alguna noticia inédita, algo que no resalté en la reseña. Porque el retrato que ofrece en su libro tiene poco interés. Responde al de la familia, empeñada en incorporarlo a la nube-panteón o al galeón fantasma de los hombres ilustres de la Patria insertándolo en el mito de la Residencia de Estudiantes, donde sólo estuvo de visita, algo absolutamente legítimo y respetable, pero que coarta la curiosidad del autor y poda el universo del personaje. Ayuda mucho que Juárez  se sienta cómodo en el mundo de los valores más convencionales, vagos y estereotipados de la izquierda nacional.

Obrando en consecuencia, tratando de dar salida a la información acumulada en otro formato, terminé un retrato de la apasionante vida de Louis Dolivet, inédita por ahora, y empecé otra sobre el ataque de Clement Greenberg, un viejo conocido mío, contra Julio Álvarez del Vayo, de 1950, que acabó con la ventajosa posición de que disfrutó allí el exministro de la República. A Greenberg, el influyente padre de la crítica de arte contemporánea americana, en España sólo les suena a algunos licenciados en arte contemporáneo. Por lo que se puede leer sobre él, Vayo es el más desconocido de nuestros hombres ilustres del siglo XX. Quizá por miedo a especializarme en completos desconocidos, cuando, unos meses después, buscando como siempre la virtud en lo inevitable, me puse a escribir de oficio, volví a Durán, empezando por sus relaciones con Buñuel, quedé atrapado por la mitomanía del calandino y dejé aparcado, otra vez, a Durán. Hasta cuando Dios quiera, como se dice.

He publicado muy poco sobre él. Ajeno a la universidad y descolgado de otros núcleos promotores, no he tenido ningún incentivo para hablar o escribir sobre él. Hice una semblanza breve para Muy Interesante Historia, unos monográficos que edita la revista mensual más vendida de España. Iba acompañado por un artículo gemelo sobre Caridad Mercader y su hijo. Fue un trabajo de compresión, de introducir en el espacio tasado la máxima información. El otro artículo que he publicado sobre Durán es la reseña de la biografía de Javier Juárez, Comandante Durán. Se reproducen, tal cual, en entradas independientes.

Caridad Mercader, en Muy

Apareció en el mismo número de Muy Historia de 2009 que la semblanza de Durán. 

En la primavera de 1941, Mijail Kalinin, presidente del Soviet Supremo de la URSS, condecoró a Caridad Mercader con la orden de Lenin, máxima distinción de la patria del socialismo. Sus méritos eran haber parido al verdugo de Trotsky y haber estado cerca de él hasta el instante mismo de ser detenido por la policía mexicana. La tarde del 20 de agosto de 1940, estaba en un coche, aparcado cerca del escenario del crimen, junto  a Leonid Eitingon, al mando de la operación. Cuando escucharon las sirenas, supieron que algo había fallado. Por la mañana, abandonaron el país azteca. Su hijo pasó veinte años en una cárcel del  Distrito Federal.

Caridad usaba el mismo apellido que su hijo porque cambió el suyo, del Río, por el de su marido, con el que se había casado en 1908, al poco de terminar el bachillerato en los Sagrados Corazones. Había nacido en  Santiago de Cuba en 1892, donde su padre se dedicaba al azúcar. Su familia procedía de Santander, pero eligieron Barcelona para instalarse en España. En 1911 tuvo a su primer hijo, Pablo; en 1913, a Jaime Ramón,  el héroe de la familia; les siguieron Jorge y Montserrat. Su último hijo llegó más tarde, en 1923. Se ha dicho que su padre pudo haber sido Eitingon, pero sin fundamento.

La vida del matrimonio transcurrió en el contexto barcelonés de los Mercader, acaudalados industriales textiles, hasta la muerte del patriarca en 1921. En poco tiempo, el heredero llevó la empresa a la ruina y se marchó a la Argentina, dejando a sus hermanos sin fortuna y sin trabajo. El matrimonio dejó el burgués San Gervasio por las populares Ramblas. El marido se puso a trabajar de contable y ella dando clases. Hizo nuevas amistades, anarquistas, comenzó su metamorfosis y se fue metiendo en líos de gravedad creciente.

Por la represalias de una de estas acciones, y tras haber sido desheredada por su padre, en 1924 abandonó el domicilio familiar con sus cinco hijos y se fue a Francia. Allí profundizó en su compromiso político, se hizo socialista y acabó comunista. En 1928, la visitó en Burdeos su marido, que volvió a Barcelona con los tres hijos pequeños. Caridad y Ramón regresaron a Barcelona en 1934. Él había estudiado para maître de hotel y se colocó en el Ritz. Más tarde dio clases de catalán y colaboró en la organización de la Olimpiada Popular como miembro de las Juventudes Socialistas Unificadas. Ella entretanto se habia hecho profesional de la polìtica. El 18 de julio apareció en la detención del General Goded. Luego marchó al frente de Huesca, donde fue herida, no lejos de donde también lo fue su hijo.

De su prestigio revolucionario se hizo eco el polígrafo revolucionario cubano Juan Marinello, que la conoció en 1937: “Anarquista muchos años, practicadora de la acción directa como única acción, adoradora del atentado y feligrés de la bomba, llegó al marxismo por una lenta y firme convicción. Cuando encontró la verdad, se entró en ella con pasión carnal. (…) Lo que ha hecho esta mujer por la libertad del mundo en tierras españolas no cabría en la más amplia antología del heroísmo.” No está documentada la justificación de tamaño elogio.

En 1938 entró en los servicios secretos soviéticos de la mano de Leonid Eitingon, amigo y colaborador de Pavel Sudoplatov, hombre de confianza de Beria, su superior en Moscú. De entonces datan los planes para asesinar a Trotsky. Su participación en la acción que acabó con la vida del fundador del Ejército Rojo fue la apoteosis de su compromiso. De ello vivió el resto de sus días.

Residió por breve tiempo en la Unión Soviética. Volvió a México en 1945 y no regresó a Moscú. Se instaló en París, donde residió el resto de su vida, cerca de su hijo Jorge, trabajando para la embajada cubana. Justificaba su afición a la capital francesa con cierta gracia: decía que ella servía para destruir el capitalismo, pero no para construir el socialismo. En París murió en 1975, y allí fue enterrada, corriendo con los gastos la embajada de la URSS.

 Su hijo en acción

En 1938, Stalin le dijo a Beria que tenía que acabar con Trotsky cuanto antes. Éste encargó el asunto a Sudoplatov, el cual nombró a Eitingon responsable del equipo bien financiado al que se incorporaron los Mercader, madre e hijo.

Ramón fue enviado a París para introducirse en los círculos trotskistas. Apuesto y simpático, haciéndose pasar por belga y rico por su casa, intima con Silvia Ageloff una americana próxima a Trotsky. Por ella pasa a Nueva York, núcleo del apoyo al líder rojo exiliado en México.

La primera intentona fue coordinada por el pintor muralista comunista David Sequeiros, el Coronelazo. Una veintena de policías uniformados asaltaron en mayo de 1940 la residencia que Trotsky había adquirido y blindado en la calle Viena de Coyoacán y dispararon cientos de tiros contra los jóvenes trotskistas que protegían al profeta y a su familia. Hubo muchos destrozos y un herido leve. Luego, hubo un muerto, Robert Sheldon Hart, un guardaespaldas americano que había proporcionado a los asaltantes el plano de la casa. Su muerte fue su recompensa.

Ramón asumió ser el ejecutor. No tardó en ser presentado a su objetivo. Trotsky apreció sus atenciones y sus esfuerzos por aprender. La tarde del 20 de agosto le visitó para que leyera un texto que había escrito. A solas con él en su despacho, mientras leía, le clavó el zapapico en la cabeza. No murió en el acto. Dio un grito horrible y se revolvió contra un Mercader paralizado. Primero los guardaespaldas y luego la policía se ensañaron con él. Trotsky murió al día siguiente.

Araquistáin 3. Los libros y la familia

El último cargo político que desempeñó Araquistáin fue el de embajador de la República en París. Cuando cayó Largo Caballero en mayo de 1937, dimitió y regresó a Madrid, a su piso de la calle Espalter. En 1938 se instaló en Barcelona tras haber pasado unos meses en Valencia. Durante su estancia en Barcelona, aunque siguió siendo diputado, influyente miembro de la agrupación socialista madrileña y asesor de Largo Caballero, permaneció como éste, desocupado, confinado por el gobierno, en cuarentena política. Largo, desposeído de sus cargos, había empezado a criticar en público la situación, el creciente control comunista del gobierno, pero tuvo que dejar de hacerlo tras ser detenido en Valencia.

En su Historia del pensamiento español contemporáneo chocan las precisiones bibliográficas, excesivas y fuera de lugar, con que Araquistáin salpica sus reflexiones sobre algunos autores. Por la reciente biografía de Fuentes nos enteramos de dónde procede esta erudición. Le introdujo en la alta bibliofilia el más ilustre de estos especialistas, Antonio Palau i Dulcet, durante el año que pasó en Barcelona, el último que vivió en España. A su muerte en 1956 le dedicó un artículo en los Cuadernos para la Libertad de la Cultura. Por los rastros que quedan en su correspondencia, Fuentes cita los pedidos que hace a la librería de Enrique Prieto de Madrid, se deduce que la bibliofilia empezó a convertirse para Araquistáin en una actividad cuasi profesional. Los libros adquiridos en Barcelona consiguió llevárselos consigo a Londres. Es interesante recordar cómo lo consiguió.

El domingo 22 de enero de 1939, las tropas del general Franco habían llegado a Sitges. El gobierno republicano se planteó con urgencia el abandono de Barcelona. La orden fue dada al día siguiente. Zugazagoitia cuenta la dramática escasez de medios de transporte: “Un camión el día 23 de enero tenía un precio exorbitante. Toda la administración estaba de mudanza y los vehículos resultaban insuficientes. En la Jefatura de transportes afirmaban no disponer de uno solo.” (…) “Si los ministros esperan que Transportes Militares les facilite algún vehículo harán mejor pegando fuego a sus departamentos. Ganarán tiempo. El único camión que he pedido para la secretaría general (de Defensa) no me ha sido facilitado”. Muchos archivos ministeriales fueron quemados, otros quedaron abandonados.

La noche del día anterior, varias ambulancias de la Sanidad Militar se habían dirigido hacia la frontera tras recoger su carga en la calle Campo Vidal del barrio barcelonés de Gracia. Pero no eran personas lo que transportaban, sino la biblioteca, los papeles y acaso otras pertenencias de Araquistáin. Las ambulancias -la fuentes hablan de varias, pero no precisan el número- habían sido puestas a su disposición por el jefe de la Sanidad Militar, el compañero Arín, como le llama Largo Caballero. A pesar de la escasez de medios de transporte durante la evacuación de Barcelona, permanecieron varios días dedicadas a la mudanza de don Luis.

Un incómodo testigo, Constancia de la Mora -la nieta comunista de Maura, funcionaria del ministerio de Propaganda y casada con Ignacio Hidalgo de Cisneros, el jefe de la aviación republicana-, las vio aparcadas el 29 de enero delante del ayuntamiento de Cerbére y lo contó en sus memorias Doble esplendor. Este libro, como el Cambio de Rumbo de su marido, son dos testimonios políticos de un estalinismo ruborizante:

“Monsieur Cruzel, el alcalde, nos llevó a su despacho y desde su ventana señaló a varias ambulancias, nuevecitas, pintadas de verde, de la Sanidad Militar del Ejército Republicano.
– ¿Qué hacen ahí? -pregunté extrañada-. Con lo necesarias que serían en el frente y para la evacuación de hospitales.
– ¿Usted qué cree? -me contestó el alcalde con ironía.
– Hay que hacer que regresen a España inmediatamente.
– El 27 de enero llegaron aquí. Hace varios días, como usted ve; pero no traían heridos, ni enfermos, ni mutilados, sino los archivos y otros objetos propiedad del señor Largo Caballero y de don Luis Araquistáin. En alguna de ellas venían cuadros y alfombras (quizá tapices, el libro fue traducido del inglés), pero no hemos querido tocar nada porque en una limousine llegaron al mismo tiempo esos dos “señores” -continuó el alcalde, poniendo énfasis en la última palabra- con la esposa del segundo. Ella no es española, según tengo entendido, ¿no es verdad? Andan buscando la manera de expedir todo a París, por ferrocarril, sin que les cueste dinero y, entretanto, no quieren desocupar las ambulancias”.

De la Mora apostilla: “Sentí vergüenza y una rabia inmensa de que los que tan generosamente entregaron sus vidas en los campos de España hubiesen podido tener confianza alguna vez en aquellos dos hombres y no supe qué contestar. ¡Ambulancias para transportar papeles y alfombras cuando nuestros heridos no podían escapar a la barbarie de los fascistas por falta de ellas!”

Largo Caballero da una versión algo distinta en Mis recuerdos. No parece que las ambulancias transportaran nada suyo. Además de Araquistáin y Largo Caballero, en la caravana iban también otros compañeros de facción, incluido el doctor Arín, con sus familias. Los primeros pasaron la frontera con sus pasaportes diplomáticos. En Cérbere, cuando Constancia de la Mora vio las ambulancias, esperaban a que lo lograra el resto.

Según Fuentes, la carga era fundamentalmente propiedad de Araquistáin. “Unas ambulancias facilitadas por el Jefe de la Sanidad Militar, el doctor Arín, le permiten llevarse su rica biblioteca, que la estancia en Barcelona había acrecentado con obras de notable valor.” La utilización de estos vehículos para la evacuación de su patrimonio particular le merece un juicio menos severo que a Constancia de la Mora: “demuestra hasta qué punto estaba dispuesto a todo con tal de salvar su biblioteca” ¿Qué se llevó Araquistáin de Barcelona en las ambulancias del compañero Arín?

Lo que se sabe es que vendió algunos de los libros en Londres para superar los momentos de mayores dificultades económicas. Según le contó a José Bullejos en 1952, su situación económica “se iba haciendo cada vez más difícil según disminuían los mejores libros de mi biblioteca”. No eran menudencias: un manuscrito de Petrarca fue subastado en Sotheby’s y varios incunables hebreos vendidos al British Museum. Fuentes cuenta que en 1948 recibió de Sothebys 378 libras por la venta de varios ejemplares en una subasta; en 1951, la cantidad es de 903 libras; casi 3.000 en 1952 y más de ochocientas en 1953.

En 1946, proyectó con Luis Quintanilla crear una empresa de compraventa de libros raros y antiguos. Unos años más tarde, su socio es Narcís Andreu i Abelló, que dirigía entonces un banco en Tánger, donde, según lo recuerda Manuel Ortínez, que eludía las limitaciones cambiarias de la época en esa ciudad, vivía en un palacio como un príncipe árabe con sirvientes negros. Andreu, hombre astuto, se encarga de buscar socios capitalistas para la sociedad que proyecta. Pero el negocio no parece que prosperara a esa escala y Araquistáin siguió dedicado al trapicheo.

Además de los libros, también se introdujo en el coleccionismo de cuadros, muebles y cerámicas. A Ginebra trasladó algo de lo que había reunido. Fuentes menciona dos cuadros de Fortuny, un greco, un posible goya, un boceto de Sorolla y un vicente lópez, por el que le ofrecían desde España 50.000 pesetas de 1952.

Su interés llegó a ser tan amplio que le interesaba cualquier obra rara por algún concepto, aunque su campo de especialidad se fue precisando en pintura española contemporánea y libros de los siglos XV y XVI, sobre todo ediciones ilustradas, clásicos franceses del XVII y estudios sobre América. En 1953 compró tres “picassitos” a la galería Gaspar de Barcelona, para los que tenía un americano dispuesto a pagar por ellos 4000 dólares si se le aseguraban la autenticidad. Un detalle más de su capacidad para vivir en la contradicción es la crítica que le merece la especulación con obras de arte y su odio por los marchantes a los que acusa de ser “incubadores de falsos valores”. En 1955, Andreu i Abelló le puso en relación con su primo Juan Abelló, presidente entonces de la Cámara de Comercio de Madrid, al que le vendió, haciéndole precio de amigo, para quedar bien con Andreu, un fortuny por 200.000 francos franceses, que cobraría en París su cuñada, la mujer de Julio Álvarez del Vayo, con quien, al parecer, acababa de reconciliarse tras casi 20 años de odio furibundo.

Cuando se trasladó a Ginebra para vivir con su hijo, el volumen de su biblioteca era tal que se vio obligado a alquilar un local para alojar los libros de menor uso. Al final de su vida, había reunido una biblioteca de 20.000 volúmenes, que Finki, su hijo, pretendió vender, sin éxito, como hemos visto, al estado español.

La familia

“Por aquellos días (…) pasó sobre España una gentil bandada de garzas suizas, tres de las cuales, sin duda las más bellas, se posaron a orillas del Manzanares. (…) estas aves lindas no se posaron en Madrid por confundir el Manzanares con ningún lago de su país; su verdadero motivo era mucho más avizor. La una se casó con Araquistáin, la otra con Vayo y la tercera con Viñuales”. Así comienza Salvador de Madariaga su retrato de Luis Araquistáin. Las hermanas eran de origen ruso y algún autor añade que también judío. Gertrude Graa, a la que llamaban Trudy, se casó con Araquistáin en Londres en 1914.

De los testimonios sobre ella se deduce que era una mujer fuerte, muy fuerte en opinión de algunos, con influencia sobre su marido. Martínez Nadal, que la conoció ya en Londres, dice que era “inteligente, directa, a menudo agresiva. Gozaba ella con el intento de desconcertar a los que sabía o creía eran asustadizos burgueses de derechas”. Según Mariano Ansó, cuando Pío Baroja pasó por la embajada en París, un reproche áspero de Trudy por su apoliticismo fue la causa de que el escritor regresara a España, a la zona nacional, a pesar del susto que le habían dado los requetés en Vera. Trudy murió de leucemia en Londres, en 1942.

El matrimonio tuvo dos hijos. El 18 de julio de 1915 nació Ramón, conocido como Finki (o Fincki, por pinzón, según Madariaga), como le llamaba su madre. A Ramón lo educaron con el Instituto Escuela y estaba matriculado en Medicina en 1936. Su padre consiguió que no fuera al frente aduciendo que desempeñaba tareas para la embajada. En Barcelona trabajó en un hospital. Louis Fisher, el americano periodista, escritor y colaborador de la Komintern  hasta su ruptura tras la guerra de España, lo recuerda en sus memorias haciendo de médico en el hospital donde le acompañó a visitar a varios heridos muy graves.

No acompañó a sus padres a Londres y prefirió marchar a México para proseguir sus estudios de Medicina, que no acabó. En 1946 retornó a Europa y se instaló en París, sin oficio ni beneficio, viviendo de lo que le enviaba su padre. Por mediación de éste consiguió entrar como corrector de pruebas en la Organización Internacional del Trabajo, instalándose definitivamente en Ginebra en 1950. Un poco más tarde su padre abandonó Londres para vivir con su hijo en la ciudad suiza.

La hija, Sonia, era más joven que Ramón, pero no se cita su fecha de nacimiento. Se educó también en la escuela institucionista. Más tarde estudió en Inglaterra en Summerhill, la conocida escuela en la que se ponían en práctica las más avanzadas ideas pedagógicas, con la que permaneció vinculada hasta muy avanzados los años treinta, llegando a ilustrar un libro de Neill, el fundador. Según Martínez Nadal era guapísima, escultural. Con la familia Araquistáin también vivía Amparo Sánchez, hija de un amigo socialista, a la que habían recogido al quedar huérfana. Era “morena encendida, muy guapa y escultural también”.

En el otoño de 1945 Sonia se suicidó arrojándose desde la azotea del edificio de Bayswater en el que residía con su padre y Amparo en Londres. Martínez Nadal, el Gran Simpático de Aquilino Duque en Mano en candela, recuerda cómo unos días antes le había dicho en una recepción en la embajada de Venezuela:

-¿Véis? Nadal sabe lo que fui, soy y seré. Primero, reptil, luego me erguí en cuatro patas y fui gacela, ahora soy mujer. Mañana o pasado volaré. “Se levanta de la silla, me da un beso frío en la boca y atónita, sin mirar, fija sus bellos ojos en el vacío. Sonia está loca.” Se había enamorado de un capitán canadiense que ese domingo tenía que regresar a Alemania. Su padre tenía cita para llevarla al día siguiente al psiquiatra. Pero Sonia se desnudó en la cabina telefónica desde la que había hablado con él, tras asegurarle que en un momento se plantaba en la estación para despedirlo, subió hasta la terraza y se lanzó desde ella. “No preocuparos, que yo ya puedo volar”, fue su despedida.